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La voz intima de Paula Shocron (El Sentinel)

La escena del jazz en Argentina comienza a adquirir un perfil internacional.

Se trata de un ambiente inquieto, con músicos curiosos y hambrientos de conocimiento y experimentación.
Muchos andan a la caza de tocar sin mayor recompensa que la atención de un público fiel. Otros muestran el signo de una madurez prematura. Ambos casos retratan a la pianista Paula Shocrón, que el año pasado obtuvo el premio Clarín como revelación del jazz por su disco La voz que te lleva, un debut de piano en solitario.
Aunque apenas tiene 25 años, Shocrón es vista como una veterana de la escena jazzística. Y no es para menos. Oriunda de Rosario, Shocrón toca el piano desde los tres años y ha desarrollado como pocos una relación íntima con el instrumento. Basta escuchar su grabación para darse cuenta de su portentosa imaginación y su profunda sensibilidad.

Pregunta: ¿Cómo surge tu relación con el piano y con el jazz específicamente?
Respuesta: Aunque en mi casa se escuchaba folklore, había algo de Miles — de su última época de los 80 — y algo de Duke Ellington. Mi tío era un fanático de Keith Jarrett y me lo hizo escuchar. Lo mismo sucedió luego con un disco de Chick Corea.
En la adolescencia, los discos empezaron a caer en mis manos y tuve interés por saber qué estaban tocando. Me puse a escuchar los discos y sacar la música. Escuchaba y escribía porque, por suerte, sabía escribir música. En un principio fui autodidacta, es decir fui desarrollando mi gusto musical sola, pero luego necesité ayuda y quise aprender más.
En Rosario, todos los años se hace el festival de jazz Santiago Grande Castelli, que además es muy buen docente. Yo me puse en contacto con él; lo llamé y empecé a tomar clases aquí, en Buenos Aires, una vez por mes o mes y medio. Hablo de 2001.
A los 17 años, tuve una lucha interna, ya que no quería tocar el piano.
Obviamente quería algo con la música, pero la carrera de piano me parecía algo muy simple. El repertorio de piano clásico no era para mí. Pero por otra parte estaba el tema de la composición y me vino bien ponerme a estudiar la Licenciatura en Composición Musical, en la Universidad Nacional de Rosario, donde estuve de 1998 al 2003.
Al mismo tiempo de a poco comencé a venir a Buenos Aires. Venía a tocar standards y a participar en jam sessions. Venir a Buenos aires me abrió la cabeza y me fue atrayendo cada vez más. De a poco tuve más motivos para venir a Capital.

P. En el 2005, salió tu primer disco como solista, La Voz que te lleva.
¿Cómo surge esta posibilidad?
R. En el invierno del 2004, ya estaba viniendo a Buenos Aires y estaba en transición entre Buenos Aires y Rosario. Me encontraba desligada de los músicos de Rosario. Luego vino el festival de Jazz de Rosario y se me ocurrió la idea de tocar sola. Es algo que me gusta mucho, ya que te permite generar cosas que no logras en grupo. Fue entonces cuando Horacio Vargas, del sello Blue Art, se me acercó y me dijo que tenía que grabar el material.
Cuando llegó el momento de la grabación, simplemente fui a las sesiones de grabación a tocar. Fue algo muy improvisado y es por eso que el CD suena espontáneo.

P. ¿No eres extremadamente joven para haber logrado tanto? ¿O este fue siempre tu objetivo cómo artista?
R. Aunque soy muy inquieta, no esperaba esto. Ahora mismo, para mí es un horror ya que la ciudad se muere. Siempre estoy buscando cosas, tocar lo más posible. El poder tomar composiciones y llevarlas a grupos y que otros músicos te incluyan en su música es algo que me da mucha gratificación. Para mí, componer es una excusa para tocar. Componer algo para que lo toque otra persona no funciona. Como músico, soy parte de lo que interpreto.

P: ¿Qué lugar ocupa hoy Buenos Aires? ¿Existió una necesidad de mudarte a la capital?
R. Estoy tocando mucho más que en Rosario, ya que a pesar de que el ambiente jazzístico no es grande en nuestro país, Buenos Aires es la forma de exponerte al mundo exterior. Es una especie de trampolín para el mundo, un nexo más fuerte. Aunque musicalmente hay movida en Rosario, hay pocos lugares para tocar.

P. Diego Fisherman dice que los músicos argentinos dieron la cara por el jazz argentino. Este año, muchos de los mejores músicos son de aquí.
R. Creo que es demasiado. Hay buenos músicos en todo el mundo, más aún en el jazz que es un género universal, gigante. Habría que conocer mucho para dar semejante opinión y creo que no sé lo suficiente.
Creo que la crisis del 2001 fue muy buena para el jazz local porque permitió que surgiera una nueva movida. Dejó de tocar gente de afuera y así surgieron los músicos de acá, muchos de ellos jóvenes. Aun más llamativo, tratándose de un país donde el jazz no es la música nacional.

P. ¿Tiene el jazz argentino un futuro?
R. Hoy hay más músicos. Tenemos que confiar en que somos argentinos. Debemos confiar en nuestra entidad. En ese sentido, el jazz se puede servir de la música de acá, nutrirse de lo nacional. El jazz hace justamente eso, toma cosas de distintas partes y no debemos tratar de imitar sonidos que no nos son propios. Si tienes una mínima conexión con el país, esa tiene que sentirse en el aire y no debe estar escondida.
Por ejemplo, si toco al estilo norteamericano, europeo o brasileño, va a sonar forzado. Hay que dejar que la entidad esté. Creo que deben aparecer cierto giros y melodías, a veces obvias y otras no, que a una, como argentina, le recuerdan a lo nuestro, como es el caso del folklore.

P. ¿Crees que puede ser una música de exportación, como el tango y el rock nacional? Existen cuatro sellos de jazz en un lugar donde esta música no es de consumo masivo.
R. Si no se pierde la identidad, se puede. De otro modo, no sería tan atractivo. Si escuchas, verás que todos tienen marca propia. Los sellos argentinos tienen su impronta, en ellos suena la música de la ciudad, del campo. Te suenan muchas cosas.

P. ¿Hay pianistas argentinos a los que admira por sus modelos o tradición?
R. Yo realmente no escuché a muchos pianistas argentinos, ya que por estar interesado en un género no local, fui a escuchar a los extranjeros. Hay una generación que me perdí, una anterior a los de mis padres. Hoy Ernesto Jodos es un referente. Como compositor de folklore rescato, entre otros, a Gustavo Cuchi Leguizamón.

P. ¿Con qué artista Te gustaría tocar?
R. Soñar es gratis, no terminaría más (risas). El otro día, hablamos de eso con un amigo, del sueño, a quién elegiríamos. No sé, así al azar, diría que a Jack DeJohnette y Dave Holland, músicos que admiro mucho. Puede haber una lista interminable, generalmente se trata de músicos que me parecen increíbles y de los cuales admiro su musicalidad.

P. ¿Pianista mujeres y por qué? ¿Cuáles son las principales y por qué?
R. En la argentina, folklore y clásico, hay un par de pianista: Hilda Herrera, Lilián Saba, Nora Sarmoria, me gusta el trabajo que hacen aunque entre ellas sean muy diferentes.

Para mí, la pianista Geri Allen es una referencia; me identifico con ella.
En cuestiones de composición me gusta Carla Bley, ya que es una pianista que genera interés.

P. ¿Qué te queda por hacer? ¿Cuáles son tus proyectos del próximo año?
R. Yo quiero seguir en este tren. Seguir grabando. En marzo o abril, estaremos sacando el disco del cuarteto, compuesto por Marcelo Gutfraind en guitarra, Julián Montauti en contrabajo, Carto Brandán en batería y con Pablo Pontoriero como artista invitado.

Por Ángeles Mase.

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Poderosa imaginación (El Sentinel)

A sus 25 años de edad, la pianista argentina Paula Shocrón posee el estilo de una veterana.

Este debut en solitario no tiene nada que envidiarle a las mejores grabaciones de piano en solitario (pienso en la estupenda serie Maybeck). Vale destacar que le sobra técnica y le falta corazón e intuición. Pero la joven tiene una poderosa imaginación que convierte tres clásicos de Monk (Monk’s mood, Off minor y Evidence) en versiones antológicas.

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Jazz sobre los sentidos (Cuadernos de Jazz, España)

Escribo a ciegas pero con los oídos de punta: la versión de Monk’s Mood que nos regalan esos dedos me retrotrae a épocas en que el jazz actuaba sobre los sentidos. La época de los descubrimientos estruendosos pasó hace tiempo, sin embargo… esta versión de Monk’s Mood hace volver atrás en el CD y comenzar a disfrutar en serio. ¿Qué es el disfrute para un aficionado al jazz? No se sabe bien, pero siempre conlleva la admiración por el músico. Paula Shocron ha logrado sorprenderme. Se trata de una intérprete auténtica, una artista contemporánea, libre y abierta en una época en la que es obligada la asociación con los maestro. La dependencia de esta sobresaliente jazzwoman, según confiesa en una entrevista, lleva al centro del jazz moderno, a la esencia de la música contemporánea: “Monk es mi segundo papá”. Tanta familiaridad se nota, paradójicamente, en la libertad con que Shocron afronta a Monk como problema. La paternidad parece más espiritual que estilística (no podría ser de otro modo, Monk infranqueable más allá de la imitación). Tres temas de Monk (el mencionado más Off Minor y Evidence) y cinco propios dan una idea del carácter de esa “paternidad”: como compositora, Shocron se muestra independiente y audaz, flotante alrededor de la esfera monkiana pero con la alegría de quien se sabe en grado de inventar lo que le dictan el corazón, la circunstancia, el talento y el teclado.

Argentina de Rosario, veinticinco años, esta pianista se ubica en primera línea con un disco solitario. Afirma algo que pocos, en la era de la corrección política, se animarían a formular: “La música es lo que importa, y debe haber una manera femenina de tocar. Muchas personas lo notan y yo misma lo noto en pianistas femeninas…”

Paula Shocron se suma con su talento a la estación efervescente del jazz argentino desde la época en que Gato Barbieri y Lalo Schiffrin tuvieron que emigrar para desarrollar su música. Para escuchar a esta joven habrá que viajar o mucho más fácil, comprar este disco.

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Experiencia familiar y extrañada (Revista Acción)

Al inicio se oye algo así como una sucesión de sonidos sueltos, pero de a poco empieza a distinguirse, inconfundible, la melodía: “La cumparsita”, con todo su sabor porteño, aparece para volver a diluirse y reaparecer. Escuchar este segundo volumen de los “postangos” de Gandini es a la vez una experiencia familiar y extrañada, propia de uno de los más notables compositores e intérpretes de música “culta” o “de vanguardia” de nuestro país, que también tocó con Piazzolla y efectuó arreglos para Fito Páez.

Sobrio e intenso, en estos diez temas, solo con su piano, el autor de la ópera La ciudad ausente cita la tradición popular amorosamente y con un conocimiento evidente, a través de una interpretación reflexiva, que da mucha importancia a los silencios y en la que cada nota parece cuidadosamente pensada. Sugiriendo apenas el tema (“Malena” o “La última curda”, por ejemplo) en algunos tramos y en otros abordándolo directamente, hay algo de milagroso en el modo en que Gandini hace un arte rigurosamente erudito que, cuando se asoma a lo popular, lo asimila sin convertirlo en pretexto para “otra cosa”, con un enorme respeto. (Epsa Music) D. F.

Revista Acción, Nº 939.

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La voz que te lleva (30 Noticias)

La soledad es un amigo… El poema de “popotitos” insiste: “Habrás de ver, cómo es la soledad. La soledad es un amigo que no está, que nunca volverá…” (la cita es de memoria, y ésta suele ser preferencial y caprichosa). Paula Shocron es dueña de un manejo del piano llamativo para una niña que no llegó a sus 25. Tiene, por tanto, falta de tropezones y exceso de esperanzas. Lo suyo es inmenso. Avanza con su material y mete a Thelonius (acaso el más, para mí Miles, acaso Coltrane, pero para muchos Monk es el más y para la historia es Ellington, pero sería incorporar a Winton a la discusión… es demasiado) y con Thelonius y su escaso pasado y su mucho oído “la paulita” golpea las teclas pensando en lo oído, en lo escuchado y para nada perdido y que mañana la esperará, porque no, una audición, otra como aquella en la que presentó material de “el Cuchi” Leguizamón junto a la armónica de Franco Luciani. Eso fue muy bueno y lo será mañana. Un punto a indicar de modo especial es el productor: BlueArt (el sello que arriesga con cosas como esta) apunta siempre a material que perdurará, pero que no motivará para romper las puertas de las casas de discos para arrebatarlos de las bateas. Good, black Vargas, good. Acerca del título, más allá que es “sólo piano” es que es eso: es sólo un piano, que no de papel…

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DUOS | TRIOS (La voz del interior)

El guitarrista rosarino comparte este disco con invitados. Está el guitarrista Lucho González, con quién interpreta We will meet again de Bill Evans; el pianista Leonel Lúquez, para hacer San Vicente de Milton Nascimento; la cantante Liliana Herrero, para Piedra y camino de Atahualpa Yupanqui y el clarinetista Julio Kobryn que interviene en Tramonto de Ralph Towner, tal vez uno de los temas más logrados del álbum. También aparece Rubén Goldín para colaborar junto a Mariano Sayago (bajo eléctrico) en una estupenda versión de Saglie, saglie, del napolitano Pino Daniele. El resultado de estas combinaciones es un disco variado, que transita en un clima distendido diversos registros y una gran variedad de matices. Muy bueno.

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Diálogos con Monk (Clarín)

La jazzista rosarina Paula Shocron debuta discográficamente en un formato exigente, el piano solo, y lo hace de modo irreprochable. De los ocho temas, cinco firma Shocron y el resto Thelonious Monk. La selección tiene el efecto de un diálogo con Monk y revela una inscripción en el tronco modernista del jazz, lo que no impide la eventual aparición de giros criollos (El golpe). Tanto las piezas de Shocron como sus elaboraciones de Monk son originales. Estas últimas van desde la forma abierta de Monk’s Mood —en una especie de tema con variaciones— hasta la cerrada concentración motívica de Off minor, pasando por el inspirado desarrollo de la irregularidad monkiana de Evidence. (F.M.)

MUY BUENO

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Flores negras (tangodata.com.ar)

El segundo volumen de los “Postangos en vivo” grabados por Gandini en Rosario vuelve a mostrar la particular mirada del reconocido compositor. No hay aquí un mero reciclaje de información “culta” y “tanguera”, sino una dosificada –y despojada– acumulación de referencias artísticas.
Gandini interpreta clásicos populares como “El choclo”, “La última curda”, “Malena”, “Milonga triste”, “Flores negras” y “Nunca tuvo novio”, sin apelar a clishés ni sobreabundar en citas de virtuosismo artificial. Sólo con su piano, ejecuta también dos temas de su autoría: “El día después de la lluvia” y “Mi desgracia”.

Por Marcelo Perea.

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“Éste es un disco de momentos intensos” (El Ciudadano)

El guitarrista Carlos Casazza acaba de editar Dúos tríos, su primer trabajo discográfico, a través del sello local Blue Art. Después de años de acompañar a diferentes músicos y de integrar diversas agrupaciones, Casazza decidió lanzar un disco que, según dijo, “fue surgiendo solo” y del que participan figuras como Rubén Goldín, Liliana Herrero y Juancho Perone. Integrante de Eppur Si Muove, el Trío de Guitarras de Rosario y de un dúo junto a Leonel Lúquez, con quien editó el esplendoroso Retrato en blanco y negro (2004), Casazza incluyó en su primera placa temas de Bill Evans, Luis Alberto Spinetta, Atahualpa Yupanqui y Ralph Towner, además de composiciones de su autoría. En charla con El Ciudadano, Casazza se refirió a las características de su disco y habló de su debut como arreglador y productor artístico.

—¿Qué motivó la decisión de grabar un disco enteramente tuyo?—El disco fue surgiendo solo, no lo programé de antemano. Tuvo que ver con encuentros. Por ejemplo, con Rubén Goldín ya estábamos trabajando en algunos demos. Sergio Puccini me había encargado que le escribiera un par de dúos, Liliana (Herrero) me había invitado a tocar varias veces, y con Lucho González tengo una relación de muchos años. El disco fue surgiendo solo y con el tiempo me di cuenta de que tenía grabados varios dúos. Creo que es un trabajo que representa esos encuentros a lo largo de dos años. Es un disco de canciones porque siempre desarrollé tareas alrededor de la canción. Pero también hay jazz e improvisación. Quise que esa heterogeneidad estuviera presente en el disco, más allá del riesgo que implicaba.
—Llama la atención que el disco de un guitarrista abra con un tema de Bill Evans y que lo toques a dos guitarras y no hayas incluido un piano.—Elegí “We will meet again”, que es un tema muy sencillo. Tiene que ver con lo que me enseñó Lucho González, ya no en términos musicales sino de impresión y energía.
—Hablame un poco más de la heterogeneidad del disco.—La heterogeneidad es deliberada. Me faltó algo que tuviera que ver con la improvisación más libre, quizás eso quede para más adelante. A mí me gustan los roles distintos. Me gusta hacer un solo pero también tocar dos notas detrás de la voz de Goldín. No sé si es un disco solista porque yo no tengo un rol protagónico en todos los temas.
—¿Qué diferencia guarda tu disco con el típico “disco de guitarrista”?—Nunca lo pensé como un disco de compositor, más allá de que aquí queda en evidencia lo que puedo hacer como guitarrista, arreglador y productor. Hasta los temas míos que están en el disco son producto de la casualidad. Quise seguir la mirada y las elecciones de mis socios musicales. Creo que el disco se compone de fotos, de momentos intensos. La composición no era un plan. Quise cumplir el rol que me tocaba en cada ocasión, y siempre lo disfruté. Me parece que este disco es para escucharlo entero, funciona como un pequeño viaje. Recién cuando estuvo terminado me di cuenta de que había un concepto que tiene que ver con mi formación y mis gustos musicales.

—¿En qué género ubicarías el disco?—En su heterogeneidad, y desde el punto de vista del material musical, creo que hay un concepto relacionado con la idea de escuchar el disco entero, de principio a fin, como si fuera una suite. Y creo que todos los compositores incluidos en el disco, dejándome afuera a mí, comparten un espíritu melódico y armónico propio de la música popular contemporánea.
—¿Cuál es el mejor tema del disco?—No podría decirlo (risas). Cada tema transmite una sensación diferente y muy intensa. Escucho el tema que grabamos con Lucho y recuerdo la rapidez con la que salió. O el que grabamos con Goldín y recuerdo estar grabando esa voz maravillosa.
—En tu carácter de productor artístico, ¿cuál fue el objetivo?—Muchos arreglos están ligados directamente a la performance, en especial, en los temas más jazzeros. Pero hay otros más pensados. Hay un equilibrio. Lo que tenía que ser salvaje y desprolijo, quedó así. Y lo que tenía que ser más pensado, también tuvo su lugar. En ese punto conseguí un equilibrio. 
—¿Cuáles son tus proyectos?—Con Lúquez estuvimos presentando Retrato en blanco y negro hasta marzo. Ahora estamos armando un disco que se va a llamar Diez canciones argentinas, que no va a ser otra cosa que eso. También estoy trabajando en la música de la película de Hugo Grosso. Y en un proyecto con Julio Kobryn, pero recién empezamos, mucho no puedo adelantar. 
—¿Cuáles son los guitarristas que te han influenciado?—El problema es que cada vez escucho menos música (risas). Hace mucho que no escucho un disco de un guitarrista. Me siguen gustando los mismos de siempre, Ralph Towner y Bill Frisell. Tengo un romance perdido con los pianistas, a quienes odio profundamente (risas). Los envidio porque pueden manejar muchas voces. La guitarra tiene su propio mundo armónico y está en una situación de infancia con respecto al piano.

Por Diego Giordano.

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UN REPERTORIO ECLÉCTICO UNIDO POR LA ESTÉTICA DE CASAZZA (Página/12)

Implícito, supuestamente, en todo proceso de registro artístico, en el nuevo disco del guitarrista Carlos Casazza el goce se torna casi inocultable. Allí, en esos dúos y tríos (inclusive en un oculto cuarteto) el músico rosarino se presta al juego de la interacción sin roles definidos, compartiendo un repertorio amplio junto a un listado de notables. A saber: Mariano Braun, Gastón Bozzano, Rubén Goldín, Lucho González, Liliana Herrero, Julio Kobryn, Leonel Lúquez, Marcelo Petetta, Juancho Perone, Sergio Puccini y Mariano Sayago. Con todos ellos –en órdenes diversos, en formaciones variables– Casazza logra momentos de cálida intimidad, abordando un repertorio ecléctico en cuanto a su origen, pero unificado por un criterio estético que no hace más que realzar la notable labor del artista, que en diálogo con Rosario/12 reconoce: “Un poco el disco (editado por BlueArt Records) lo que trata es captar esos momentos de encuentro con los músicos que participan. Disfruté mucho de lo que me tocó hacer en cada tema, a veces improvisando, a veces diseñando un arreglo. Cumplo distintos roles y disfruté de eso”.

Intentando siempre capturar las tomas más espontáneas a lo largo del proceso de grabación –“Se trató de que quedaran bien las primeras impresiones, incluso en muchos de ellos quedó la primer toma, como en el caso del tema con Lucho. Yo disfruté mucho de eso, gracias también a la generosidad de los compañeros que se dejaron llevar por las cosas que les iba proponiendo”, explica el guitarrista–, Casazza plasmó una obra que escapa a los estereotipos propios de los discos de solista. En ese sentido, el músico coincide al expresar: “Ni siquiera lo pensé como un disco de compositor. Los temas míos que están ahí son producto, en principio, de la casualidad, en el sentido de que fueron surgiendo con los diálogos. Y así como no fue pensado como disco de compositor tampoco lo fue en el sentido del guitarrista solista. También el placer fue entregarse al rol que me correspondía sin pensar en ninguna otra cosa”.

Enriqueciendo aun más a la placa -que se llama Casazza/Dúos/Tríos-, la propuesta presentada a los músicos por Casazza incluyó la proposición de un corrimiento respecto a los terrenos habituales por los que circula cada uno de los artistas invitados. “Tenía pensado más o menos qué iba a pasar, mi tarea era diseñar el asunto –detalla el compositor–. En el caso de Liliana decidimos tomar un tema tradicional, `Piedra y camino` de Yupanqui, y ver qué podíamos hacer con esa forma tradicional. El arreglo que yo hago ahí tiene mucho que ver con la interacción del momento con Liliana. En el caso de Rubén también me parece que es un rol corrido, porque él canta un tema histórico de Spinetta (`Los libros de la buena memoria`) y la cosa pasaba por ver qué era lo que yo veía en ese tema, que originalmente está tocado como un blues, pero a mí me parecía que tenía un dramatismo muy particular. Con Lucho lo que hicimos fue tocar un tema clásico de Bill Evans de finales de los 70 (`We will meet again`), pero que en vez de estar trabajado desde el jazz está trabajado desde la rítmica que Lucho maneja desde su formación, porque es un guitarrista excepcional de folclore. Allí yo también le hago las bases rítmicas para que él improvise, entonces el desplazamiento fue un poco adrede”.

En ese mismo contexto, Casazza amplía: “En el caso del cuarteto escondido con Juancho, Kobryn y Mariano Braun, tenía que ver con que nos encontramos a tocar música instrumental con una formación que nos gustaba, pero no encontramos tema y decidí que en ese caso podría ir algo que yo había escrito, que es `Xul`. Después con Julio tocamos `Tramonto`, y ahí él toca el clarinete. Julio es un excelente saxo tenor y alto, entonces había que ver qué pasaba con el clarinete y con la parte jazzística de ese tema de Towner que no necesariamente es la que él tiene más en la cabeza.

Después en el caso de Leonel tiene que ver con una relación estable desde hace dos años y que ya es un proyecto autónomo, y `San Vicente` de Milton Nascimento es uno de los temas que más nos gusta tocar en vivo, en distintas versiones. Con Gastón Bozzano y Marcelo Petetta tocamos `Una casa en Carmo`, y con Sergio tocamos `Milongón`, un tema que él me pidió que componga para dúo de guitarras. Yo sabía que en caso de que estos desafíos fueran tales para ellos, los iban a pasar con creces, pero justamente la apuesta fue hacer pequeños desplazamientos que tuvieran que ver con eso, y por mi parte desplazarme junto con ellos”, agrega el guitarrista.

El resultado de ésas combinaciones artísticas, premeditadamente espontáneas, llegó a sorprender al propio cerebro de la cuestión, que sin falsas modestias reconoce finalmente: “No esperaba este disco. Lo que sabía era que iba a ser deliberadamente heterogéneo, que no era un disco basado en la unidad estilística. Tiene que ver con la heterogeneidad de la gente que está ahí. Es como una cuestión de reacción química, qué pasaba con estas reacciones químicas entre estos amigos y yo. Sabía que iba a ser heterogéneo, lo que no sabía es que iba a lograr lo que quería en cada situación. Más de una vez entré a grabar sin saber si eso podría ser incluido en un disco o no. Lo que sí encontré después fue que, por ejemplo, cuando hice el orden del disco con Juan Blas Caballero (que es quien resolvió magistralmente todo el aspecto de audio e hizo el corte final del disco), decidimos juntos el orden y hablando con él vimos que el disco era susceptible de ser escuchado de punta a punta en el orden en que estaban puestos los temas. Por supuesto esto es una ilusión, porque cada uno escucha el disco como quiere, pero nos dimos cuenta de que la heterogeneidad permitía como un viaje a través del disco en el orden en que estaba puesto”.

Por Edgardo Pérez Castillo.