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Crónica de Sr. Monk por la Revista Online Argent Jazz

Mariano Braun y su amigo el Sr. Monk.

Link: http://www.argentjazz.com.ar/mariano-braun-y-su-amigo-el-sr-monk/

Algunos podrán hablar de collage musical. Otros lo definirían como un paseo por lo mejor del jazz, el funk o la música folclorica. No faltarán quienes hablen de un arte inclasificable.

Lo cierto es que “Sr.Monk”, primer disco solista del rosarino Mariano Braun, que acaba de lanzar el sello rosarino BlueArt,  podría sentirse a gusto asumiendo cada una de las definiciones que busquen enmarcar su arte. O también rechazarlas todas, para refugiarse en una expresión que no necesita de palabras. Porque“Sr.Monk” es simplemente música. Y de la buena.

Música atravesada por la mirada personal de un artista poco convencional. Sonidos de piano que se entrecruzan con las máquinas y la electrónica. Un singular paisaje sonoro, donde el juego y el humor también forman parte del riesgo creativo.

Once de las doce composiciones que integran la placa de BlueArt pertenecen a Braun. La excepción es una personal versión de “Superstition” de Stevie Wonder, con el piano en primer plano. En todas los temas, incluso en el de Wonder,  se reconoce  una visión trabajada desde la electrónica, que resignifica  la lectura melódica.

Al mando del viaje “por tan extraño mundo”,  como bien lo dice uno de sus temas, el líder alza las banderas de la composición, programación, teclados, grabación, mezcla y masterización; secundado por Mariano Sayago en contrabajo y bajo electrónico, Carlo Seminara en percusión y Julián Venegas en voces y guitarra eléctrica.

“Me permití ser disc jockey de mi propia música” dice Braun. Buena síntesis para un disco bello y extraño, que resiste a pie firme todo intento por encasillarlo.

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Mariano Braun y su amigo el Sr. Monk (Revista Online “Argent Jazz”)

 

Algunos podrán hablar de collage musical. Otros lo definirían como un paseo por lo mejor del jazz, el funk o la música folclorica. No faltarán quienes hablen de un arte inclasificable.

Lo cierto es que “Sr.Monk”, primer disco solista del rosarino Mariano Braun, que acaba de lanzar el sello rosarino BlueArt,  podría sentirse a gusto asumiendo cada una de las definiciones que busquen enmarcar su arte. O también rechazarlas todas, para refugiarse en una expresión que no necesita de palabras. Porque“Sr.Monk” es simplemente música. Y de la buena.

Música atravesada por la mirada personal de un artista poco convencional. Sonidos de piano que se entrecruzan con las máquinas y la electrónica. Un singular paisaje sonoro, donde el juego y el humor también forman parte del riesgo creativo.

Once de las doce composiciones que integran la placa de BlueArt pertenecen a Braun. La excepción es una personal versión de “Superstition” de Stevie Wonder, con el piano en primer plano. En todas los temas, incluso en el de Wonder,  se reconoce  una visión trabajada desde la electrónica, que resignifica  la lectura melódica.

Al mando del viaje “por tan extraño mundo”,  como bien lo dice uno de sus temas, el líder alza las banderas de la composición, programación, teclados, grabación, mezcla y masterización; secundado por Mariano Sayago en contrabajo y bajo electrónico, Carlo Seminara en percusión y Julián Venegas en voces y guitarra eléctrica.

“Me permití ser disc jockey de mi propia música” dice Braun. Buena síntesis para un disco bello y extraño, que resiste a pie firme todo intento por encasillarlo.

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Respiro (Cuadernos de Jazz, España)

Por Eduardo Hojman

Interesante propuesta de este cuarteto rosarino en el que el teclado nord, una especie de versión sintética del órgano Hammond, tiene la voz cantante, aunque con un protagonismo compartido con el guitarrista Emanuel Marquiore. Las referencias más inmediatas no son, como podría sospecharse al principio, los sonidos del primer jazz funk de Jimmy Smith sino el trío Medeski Martin & Wood en su vertiente más tranquila (es decir, aquella primera colaboración con John Scofield, que es aquí mencionado como figura de admiración por este cuarteto, junto con Brian Blade y, de manera quizás menos evidente en el sonido del grupo, Brad Mehldau). 

En cualquier caso, El RMDM cuarteto suena un poco a todos ellos, y también a los sonidos de órgano de la primera fusión progresiva de los sesenta y setenta pero, al mismo tiempo, consigue elevarse por encima de sus influencias, con un swing tan sutil como poderoso, obra de la solidez rítmica de Di Renzo y Mamet, y un sentido de la melodía adictivo. Un jazz que no denota sus orígenes, sino sus influencias. 

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Bondades (Cuadernos de Jazz, España)

Por Eduardo Hojman

Este grupo, cuyos líderes parecen ser el pianista Pablo Socolsky y el multiintrumentista Kay Heinrinchsdorff, practica una suerte de jazz fusión que algunos, quizás reticentes al término, llaman jazz contemporáneo. En su sonido, mayormente suave y tranquilo, campean muchas influencias del jazz más accesible, desde las melódicas trompetas tributarias –pero no directamente—de la etapa eléctrica pop de Miles Davis, hasta la world music, incluyendo ritmos claramente pop como el reggae, que aquí hace aparición al menos dos veces. Hay también intermedios de temas anónimos de la etnia shona, ejecutados ora con mbira solista ora con mbira y trompeta, pero en el fondo estos añadidos suenan más bien a adornos de un proyecto claramente ubicado en un sonido agradable y paisajista más que arriesgado y narrativo.

Gracias a la alta calidad de los cuatro intérpretes, a la omnipresencia tan grata del trompetista Mariano Suárez y en especial a la profundidad compositiva de todos los miembros, el cuarteto sortea con soltura los meandros más peligrosos de los sonidos lounge y del smooth jazz, y la propuesta suena, al fin, honesta, aunque quizás se eche en falta algo de personalidad.

 

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El músico argentino Horacio Fumero recibió premio en España

 

El galardón se entregó el 22 de marzo pasado durante un concierto homenaje en un atestado club de jazz, Nova Jazz Cava, en el cual Fumero tocó junto trece músicos españoles. Ese día además el músico argentino radicado en Barcelona cumplió 64 años. “Ha sido el mejor cumpleaños de mi vida”, dijo, emocionado.

  “Contrabajista completo, con una dinámico juego rítmico y una exquisita sensibiidad, Fumero exhibió su maestría”, señaló el diario españolLa Vanguardia, a propósito del concierto realizado.    

  Fumero estará en agosto en Argentina, para grabar su próximo disco, junto a dos jóvenes talentos del jazz, el pianista Francisco Lo Vuolo y el trompetista Mariano Loiácono. El disco –que contendrá todas composiciones originales de Fumero- será editado por el sello BlueArt Records.

 

  Natural de Cañada Rosquín, en la región pampeana argentina de Santa Fe, Fumero es toda una institución musical. Sobran las presentaciones y argumentos, pero hay que recordar que la amistad con Jazz Terrassa fecha de la noche de Todos los Santos del año 1980, cuando Fumero debutaba en la antigua Jazz Cava prácticamente acabado de aterrizar en Cataluña. Un año más tarde, forma parte con Peer Wyboris (1 Jazzterrasman, 2002) del trío estable de Tete Montoliu (Jazzterrasman, 2007), formación que no abandona hasta 1997 con la muerte de su líder. Este año con el reconocimiento para Horacio se cierra el círculo de aquel excelente trío que, justamente, ofreció su último concierto enla Nova JazzCava unos meses antes de la muerte del pianista catalán.

  En 1973 Fumero llegaba a Europa para tocar en el Festival de Jazz de Montreux de la mano de Gato Barbieri y ya no la abandonará. Los primeros años reside en Ginebra donde colabora, entre otros, con el Orquestre a’Cordes de Lausanne. En 1980 se  traslada a Barcelona. Nombres internacionales de primer orden desde Freddie Hubbard, Johnny Griffin, Harry “Sweets” Edison, Philip Catherine, Woody Shaw, Bobby Hucherson  lo tuvieron como la columna vertebral de sus grupos.

 

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Entrevista a Ernesto Jodos por la Revista ACCION

Por Rubén Ríos.

Composición de lugar



 

Pianista y compositor, docente del Conservatorio Manuel de Falla y de la Escuela de Música Contemporánea, Ernesto Jodos (1973) es uno de los grandes músicos del jazz argentino. Becado por el vibrafonista Gary Burton para estudiar en Estados Unidos durante su adolescencia, ya desde su primer disco, Ernesto Jodos Sexteto (2000), y sus conexiones con la música contemporánea (con Gerardo Gandini grabó en 2006 un disco a dos pianos), se mostró como una de las figuras jazzísticas más dúctiles e inquietas. Del mismo modo, la interpretación de la música de Lennie Tristano (uno de los maestros del cool jazz), las composiciones propias (en Perspectiva de 2005, El jardín seco de 2009 o en el reciente Fragmentos del mundo, un disco recomendado en algunos sitios web estadounidenses de jazz) o en las originales versiones de los standards (Solo de 2004), y las colaboraciones como sideman con algunos destacados músicos del jazz internacional (Michael Brecker, Paquito D’Rivera, Barry Altschul, Ingrid Jensen y Chris Cheek), su creciente reputación como compositor y la dirección musical de varios espectáculos teatrales (El zoo de cristal en 2002, Romeo y Julieta en 2003, Pedir demasiado en 2004, Sueño de una noche de verano en 2005), bastan para ubicarlo en un particular lugar como músico. 
–¿Percibís alguna diferencia importante entre Fragmentos del mundo, tu último disco, y los anteriores?
–No una diferencia grande, pero cada vez me acerco más a lo que yo quiero que suene. Porque uno puede tener una idea de la música que quiere, pero en realidad lo que mejora es la fidelidad, la posibilidad de plasmar esa idea sin que en el medio haya errores técnicos o algún otro tipo de error, como terminar tocando otra cosa para gustar al público o simplemente a uno mismo. Siempre me ha interesado expresarme a través de los sonidos y, a la vez, estar suelto, no frenarme, pero tampoco pasarme de rosca. 
–Parece un equilibrio difícil. 
–Y… es un poco complicado, y también un rollo personal. 
–En cualquier caso, Fragmentos del mundo es un disco de jazz contemporáneo que impresiona como muy elaborado y muy logrado musicalmente.
–A mí me gusta mucho. Además, hace bastante tiempo que toco con la mitad de la gente que participa en ese disco. Con Sergio Verdinelli, uno de los bateristas y amigo, tocamos juntos desde el primer disco mío, o sea, por lo menos, desde hace 15 años. Con Jerónimo Carmona, el contrabajista, también hace un largo tiempo que tocamos juntos, unos 10 años y, por períodos, de manera muy seguida. El otro baterista, Luciano Ruggieri, y el otro contrabajista, Mauricio Dawid, son relaciones musicales más nuevas, de un par de años, pero hacemos una buena mezcla. A veces tocamos en vivo algunos de los tríos y, a veces, con el quinteto, que es un doble trío en realidad. Cuando tocamos todos juntos hacemos canciones del tipo que hay en Fragmentos del mundo. 
–¿Cuál es ese tipo? ¿Qué influencias hay en Fragmentos del mundo?
–Hay influencias de los músicos que admiro y se reflejan, eso espero, menos por imitación que por intención. Obviamente uno que está en el disco es Thelonious Monk y no sólo como autor de uno de los temas, «Introspection». También está Charles Mingus, un gran compositor y contrabajista que admiro mucho, y Andrew Hill, pianista y compositor, y Eric Dolphy, no sé. Son muchos. Básicamente es la música que tengo en la cabeza. 
–¿Escuchás mucho jazz?
–Es lo que más escucho, aunque, en los últimos años, por una cuestión de tiempo, no todo lo que me gustaría. Tocar, dar clases y estudiar no me deja mucho tiempo para escuchar música. Pero igual escucho jazz todo lo que puedo. Y, aparte, escucho a Bob Dylan, James Brown, Zeppelin, Björk. Eso me gusta como música y me gusta porque me genera ideas que están bastante separadas de lo que hago. Entonces las relaciones que puedo establecer entre esas ideas no son tan obvias. Y escucho también algo de música clásica. Sobre todo estudio bastante esta música de tradición académica, leo muchas obras, especialmente dentro de mi casa.
–¿Qué es una idea musical?
–Y puede ser varias cosas… Algo tan claro como una melodía o un ritmo o una armonía, pero puede ser igualmente una manera de relacionarse los instrumentos, un ambiente, no sé. Hay millones de ideas musicales. Algunas son muy intelectuales, en el sentido de que es algo pensado, programado con precisión. Hay ideas musicales que son sensaciones. Es muy difícil transmitir directamente esas ideas de sensaciones a la música, especialmente a la partitura. Me parece que a mí me resulta más natural hacerlo en el momento de tocar. En el momento de componer, la transmisión de un sentimiento, una emoción, una sensación, es un trabajo más intelectual. 
–En Fragmentos del mundo se escucha claramente una diversidad muy sutil de ideas musicales. 
–Pero la sutileza no es algo que busque. Sólo trato, como te decía al principio, de tocar de modo no exagerado pero que tampoco sea frío. Siento en el momento de tocar, pero sin dejarme llevar por una especie de autoindulgencia. Quizá eso se escucha como sutileza. Por otro lado, por momentos, la música del disco es bastante extraña. 
–Sí, pero nunca es disonante.
–Eso sí, nunca es agresiva. En vivo, cuando las cosas se ponen más calientes, quizá aflora más ese aspecto, pero en el disco está más velado. 
–¿A qué se debe el título?
–Viene del último tema del disco que se llama Fragmento del mundo. Me pareció que así expresaba como reminiscencias de ciertos lugares que son pedazos del mundo, pero que son míos, propios, por gusto o por ganas de estar ahí y no haber estado nunca. De alguna manera, todos los lugares del mundo donde he viajado. En especial, ciudades donde he tocado. Por ejemplo, Bogotá, Córdoba, Rosario. O algunos lugares más glamorosos, como Orvieto, en Italia, una ciudad increíble. Pero el disco tiene que ver con lugares más cercanos donde he ido a tocar más seguido. 
–¿Estudiás muchas horas por día?
–Muy poco. No puedo por un montón de obligaciones musicales. La docencia, en mi caso, me insume una gran parte de tiempo. Como yo no hago trabajos de música que no me gusta tocar, y el jazz en el país no da para vivir a un músico profesionalmente, la docencia es una buena opción. Sin duda, hay más posibilidades profesionales para el jazz en otros países, en algunos más, en otros menos, pero en nuestro país es prácticamente imposible. Entonces la docencia fue el camino que yo encontré útil y que me parecía que no me desviaba de la música que quería hacer. Mi trabajo hoy es la docencia. Enseño piano jazz, improvisación, ensambles, composición. Por otra parte, me lleva bastante tiempo escribir música y ensayar, que no es estudiar, aprender música nueva, revisar música vieja para interpretarla mejor. Estoy con el instrumento todo el tiempo, pero dispongo de pocos momentos para estudiar, solo, tranquilo. Y es algo que extraño.
–A propósito, ¿cómo llegaste al jazz?
–De casualidad. Cuando empecé a tocar piano, en la adolescencia, me relacioné con otros chicos y comenzamos a escuchar jazz. Era una escucha muy desordenada. Para darte una idea, escuché antes a un vanguardista como Cecil Taylor que a Bill Evans o Bud Powell, pero simplemente porque me llegó antes un disco de Cecil Taylor. En esa época, a finales de los 80, veníamos al centro con algunos amigos y, como los discos de jazz eran muy caros y pocos, íbamos a disquerías donde los grababan en cassettes. Mucho de lo escuché de jazz fue de esa forma, por los disqueros. Me acuerdo de Gustavo, de la disquería El Atril, que nos recomendaba discos. Y 10 años después, Guillermo Hernández de Minton’s, cuando yo ya tocaba y sabía muchísimo más de música, también colaboró en mi escucha jazzística. 
–Al parecer, una escucha jazzística que no incluye el jazz tradicional. 
–Bueno, en realidad, Louis Armstrong o Count Basie es música reciente para mí, de los últimos 10 años. El bebop no, porque fue lo que estudié. El bop es el estilo del jazz que está más escolarizado y codificado. Pero yo empecé a escuchar de entrada posbop o cosas más locas, como free jazz. La fusión fue importante para mí, porque yo venía de escuchar rock, Zeppelin y eso, y entonces me abrió un nuevo panorama. Recuerdo a Weather Report, un grupo de jazz-fusión que me gustaba mucho, o Chick Corea o el Miles Davis eléctrico de los 80. Y sin embargo, hoy la fusión no me gusta. 
–¿Cuáles fueron los discos de aquella época que más te impactaron?
–Uno que me pegó emocionalmente fue Crescent de John Coltrane, ya que yo escuchaba jazz porque era algo diferente. Y yo tenía 14 años cuando escuché Crescent y lo escuché muchísimo. Recuerdo también ARC de Chick Corea con el grupo Circle, que para mí fue importante. Tal vez algún disco de Dexter Gordon. Pero a partir de ahí se me empieza a mezclar todo. 
–¿Quiénes son tus pianistas preferidos de jazz?
–Obviamente Monk, pero hoy diría también McCoy Tyner, que me ha acompañado siempre. Me gusta todo lo que hace McCoy Tyner: las ideas, el sonido, el ritmo, el color, el estilo. También aprecio a Paul Bley, al que escucho desde muy chico, y a Andrew Hill.
–Quizá el menos conocido de todos ellos es Andrew Hill. ¿Influyó sobre tu estilo?
–Sí, puede ser, pero yo tengo no sólo influencia del jazz sino del rock. 
–Eso es más difícil de percibir, al menos en Fragmentos del mundo. 
–Mejor, pero hay rock en Fragmentos del mundo. No demasiado, pero especialmente después de grabado, reconozco influencias del rock. Completamente sacadas de lugar, pero hay influencias, me parece, del Bob Dylan eléctrico, de Zepellin, de Spinetta. No sé, tal vez es una sensación. Cuando era chico escuché mucho a Spinetta, y también a Charly García. Durante años mi disco favorito fue Artaud de Spinetta y me gustaron varias de sus bandas: Pescado, Jade… Cuando lo conocí personalmente a Spinetta 20 años después, casi me muero, fue como conocer a Batman… (Risas) El rock mismo tiene una energía muy directa y muy fuerte, especialmente el rock más viejo. Por ejemplo, David Bowie me vuelve loco. Hoy, en cambio, se trata más de pop que de rock. Durante un período muy largo, en el que escuchaba sólo jazz, me cerré a otras músicas, y después, de a poco, comencé a escuchar discos de rock o de pop que escuchaba antes y a escuchar cosas nuevas. Es una cosa complicada el tema de los discos. Afortunadamente, perdí todos los vinilos cuando, en mi primer viaje, cuando era chico, los repartí entre amigos. Ahora tengo unos 700 CDs y unos 300 gigas de música en la computadora. 
–Una curiosidad: ¿qué lugar ocupa el jazz en la música?
–El jazz tiene innumerables connotaciones, algunas buenas, otras malas. Para mí, después de estudiarlo varios años y de tocarlo más profesionalmente, el jazz significa libertad de improvisación. En lo personal, me cuesta enormemente enfrentarme a música en la cual no puedo improvisar. En lo artístico, como expresión, si no hay improvisación sucede, te diría, que no entiendo para qué tocar. Y cuando escucho música, me cuesta escucharla si falta esa energía que viene cuando está improvisada. La sensación es muy diferente si uno escucha música improvisada, grabada o no, que cuando uno escucha música escrita. Sólo hay dos pianistas de música escrita que me transmiten la sensación de ser creada en el momento: Marta Argerich y Glenn Gould. 
–¿Dirías que la esencia del jazz es la improvisación?
–No sé, pero el jazz sin improvisación no es jazz. La improvisación en jazz es un espacio para la creación individual y grupal sin que se haya pactado de antemano todo. Puede haber un plan, un mapa, pero también la libertad de no seguir ese plan, ese mapa. En eso consiste lo que más me interesa del jazz. Y pensándolo hacia atrás, me imagino que la improvisación fue uno de los primeros elementos que me hicieron seguir escuchando jazz e intentar tocarlo. Por eso, la composición me cuesta mucho. No es algo que me fluya. Durante unos años me esforcé en ser un compositor, y me sentaba todos los días a escribir. Aprendí algunos secretos, mejoré técnicamente, compuse algunas canciones horribles que se perdieron y otras que se grabaron… (Risas) Bueno, hubo algunas que me gustaron, de hecho grabé alrededor de 150 temas, pero desde hace 5 o 6 años, sólo me pongo a componer si se me ocurre una idea o si necesito un tema nuevo para el grupo. 

–¿Hay mucho de improvisación en Fragmentos del mundo?

–Y sí, casi todo.

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Martín Devoto: De Bach al Ruido (Música de Mundos, Blog)

Publicado por Germán A. Serain 


Existe una serie de relaciones obvias entre la música y el tiempo. Por de pronto, la música existe como tal sólo mientras transcurre, vale decir, en tanto suena, lo cual supone su desarrollo en el tiempo. Luego está lo que acontece en términos históricos, que es lo que nos lleva a considerar, por ejemplo, que una determinada obra pueda ser catalogada como un clásico una vez que ha logrado superar el paso de los años. Y en este sentido también está el concepto de tiempo como sinónimo de época, que es de lo cual nos habla Wassily Kandinsky cuando en su libro De lo espiritual en el arte dice que la sensibilidad de una cultura deriva siempre de su tiempo. Por eso nos preguntamos cuál será la sensibilidad de nuestra actual cultura, ubicada en el impreciso terreno de la postmodernidad.

El cellista argentino Martín Devoto ha editado, a través del selloBlueArt, un programa que combina obras del gran maestro del barroco, Johann Sebastian Bach, con otras músicas de distintos compositores del siglo XX. El programa, integrado exclusivamente con obras para violonchelo solo, se inicia con la Suite BWV 1010 de Bach y se extiende luego a través de cinco autores contemporáneos: Carmelo Saitta, Luciano Berio, Kaika Saariaho, Helmuth Lachenmann y Krzystof Penderecki. El resultado es un interesante recorrido por una secuencia estética progresiva que nos lleva -tal es lo que explícitamente propone el título de la edición- de la música de Bach al ruido.

Así, la audición de este disco nos enfrenta a un tiempo dual: está por un lado ese presente en el cual uno escucha la obra del pasado, compuesta por Bach acorde a la sensibilidad de su época, y por el otro el tiempo presente en el cual escuchamos las obras escritas por nuestros contemporáneos Carmelo Saita, Luciano Berio, Kaija Saariaho, Helmut Lachenmann y Krzystof Penderecki, a partir de una sensibilidad por completo diferente. Porque más allá de las relaciones que puedan plantearse, lo cierto es que allí donde Bach transmite una armonía espiritual, las palabras que mejor describen los trabajos de los restantes compositores tal vez seaninquietud zozobra. Y en este sentido, anímicamente, se ubican en las antípodas de la música de Bach. 

¿Será acaso éste el signo de la sensibilidad de nuestro tiempo? ¿La inquietud y el desasosiego? Sin embargo, también Bach sigue integrando nuestra experiencia. ¿Será acaso la posibilidad de abordar una pluralidad de formas?

Carmelo Saitta escribe en las notas al disco: “La música del siglo XX se ha replanteado no sólo el tradicional concepto del tiempo, problema fundamental de las artes temporales, sino también el del espacio y la materia. … El sonido ya no es un mero soporte sino el punto de partida de la composición. El compositor compone primero el sonido y éste ya no es solamente armónico.”Y este es, precisamente, el punto que revela el título de la edición, que nos coloca quizás ante el punto central de la disyuntiva: Bach de un lado, algo que se reconoce como ruido del otro… Por supuesto que no hablamos de ruido, propiamente dicho. Hablamos en realidad de la sensibilidad y del tiempo.

Para escuchar proponemos dos ejemplos contrastantes: primero, un número de la Suite para cello solo BWV 1010 de J.S. Bach… Y luego el Capriccio per Siegfried Palm, de Krysztof Penderecki.

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El violonchelo, ayer y hoy (Clarín)

 

De Bach al ruido… es el primer disco solista del notable violonchelista argentino Mart�n Devoto. En una punta del arco est� la Suite N� 4 BWV 1010; en la otra, una pieza radicalmente ruidista de Helmut Lachenmann, Pression (1969), cuyo t�tulio describe el principio t�cnico y expresivo de la obra. Completan la entrega otras cuatro piezas del repertorio contempor�neo: Capriccio per Siegfrid Palm (1968) de Krysztof Penderecki, Les mots sont all�s… (1979) de Luciano Berio, Petals (1988) de Kaija Saariaho (1988) y Tres postales (2002) del argentino Carmelo Saitta.

 

Si la obra de Lachenmann se orienta a la m�s r�spida materia, la de Berio se orienta por completo hacia el lenguaje. En efecto, es una m�sica casi hablada, un bell�simo recitativo sobre un motivo de cinco notas que se va abriendo en el registro, girando sobre s� mismo con distintas variantes. Las postales de Saitta destacan tambi�n por su belleza; en especial las dos primeras: San Ignacio de Min� revela un diatonismo arcaico y renovado; Ischigualasto se oye como un lamento de reminiscencias sicilianas.

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Martín Devoto ofrecerá “De Bach al ruido” (La Nación)

Por Martín Liut

El violonchelista Martín Devoto cita al compositor Helmut Lachenmann (Alemania, 1935) para explicar el foco del concierto-instalación “De Bach al ruido”, que ofrecerá hoy, a las 20, en el ciclo “Tres cruces”, que organiza el Centro Cultural Ricardo Rojas (Corrientes 2038), con entrada a cinco pesos.

“No se trata de nuevos sonidos, sino de una nueva escucha.” Esta escucha renovada es la que guía al compositor alemán en gran parte de su obra, constituida por aquellos sonidos que habitualmente un instrumentista lucha por evitar que emerjan en el contexto de una música clásica.

Martín Devoto llama coloquialmente la “verdurita” a esos ruidos y suciedades que, cuando se dedica, por ejemplo, a tocar las bellísimas Suites para chelo solo de Bach, deben quedar únicamente para el instrumentista y no alcanzar los oídos del público. Sonidos que tienen su propia belleza y que, a la inversa de la obra bachiana, requieren la cercanía del público para ser atendidos y disfrutados, en la obra de Lachenmann.

Cerca o lejos: la distancia entre el instrumentista y el espectador es el núcleo de “De Bach al ruido”, que reúne una serie de obras para violonchelo solo en las que la distancia cumple un papel clave, más que un tipo de relato cronológico.

Entre la Suite N° 4 de Bach (“mis maestros me decían, y yo coincido, que todo chelista tiene que tener su versión de las 6 suites alguna vez en la vida, y con esto la inicio”) y Lachenman, Devoto traza un recorrido, literal, en la sala, con obras del siglo XX: del compositor argentino Carmelo Saitta, pasando por Luciano Berio, Penderecki y Kaija Saariaho.

Devoto, integrante de la banda sinfónica de la ciudad y destacado exponente de la nueva generación de instrumentistas que cambió el modo de interpretar y ofrecer música contemporánea en Buenos Aires, habla del tipo de escuchas que demandan las obras elegidas: “Para apreciar bien las obras de Bach, conviene estar lejos del instrumentista. Lachenmann es todo lo contrario, las cosas que le hace tocar al instrumento requieren que el público esté muy cerca, porque si no no se escuchan”.

La vuelta de tuerca del recital la aporta el cruce con el artista plástico Leandro Tartaglia. Devoto le encargó que se ocupara del aspecto visual, que, según explica el chelista, “piensa el concierto como si fuera una instalación, conmigo adentro. Como eje, está la idea de recorrido, literal, que me va acercando al público en cada obra, acompañado de un tipo de iluminación y puesta que acentúa el concepto distancia y foco que se da en lo sonoro”. .