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Al rescate de Cole Porter (Página/12)

 

Por Cristian Vitale

La lluvia emparda las cosas. La gente que escucha es casi igual, en número, a la que toca. Poca en el primer caso. Mucha en el segundo. Poca, en las butacas, debido al clima, lógico, pero también a la endémica impronta under del jazz argentino. Mucha, en escena, porque los que acompañan a Alberto Tarantini en su cruzada por revivir a Cole Porter configura una big band. Está Bernardo Monk, que se encarga del solo de saxo tenor de “I Get a Pick out of you”. Están Fernando Chiappero en corno y Juan Cruz de Urquiza, que luce su trompeta en “Every Time we Say Goodbye”. Está el saxo alto de Gustavo Cámara que manda en la sintomática “Easy to Love” y están todos –ellos y varios más, claro– bajo la dirección de Juan Carlos Cirigliano, y el fin de recrear un puñado de piezas, “apenas” dieciocho, de entre las más de mil que sembró el compositor y letrista estadounidense, muerto hace ya cincuenta años. “Fue mi gusto, así de fácil. Me leí dos biografías enteras de Porter. Conozco desde que se cayó del caballo y se arruinó las piernas hasta sus amantes con problemas, y fui viendo épocas, musicales, contextos. No sé, hubo cosas muy buenas y hubo sapos también… el tipo la peleó mucho, ¿no? En fin, hice un trabajo detallado de investigación y elegí lo que elegí simplemente por gusto, los temas descollantes y los que más emocionan”, dice Tarantini, consumado el concierto, y con un retrato de Gardel que lo mira “de coté”, mientras cuelga de una pared de La Botica del Angel.

De la casa –es un decir– de Eduardo Bergara Leumann (Luis Sáenz Peña 541), donde la big band de Tarantini presenta y presentará el disco Tributo a Cole Porter todos los jueves de abril, rodeada de angelitos colgantes, antigüedades, fotos de artistas que jugaron de local en ella y cuadros de Berni, Soldi o Noé. “El tipo que toca el piano en el bar de Medianoche en París, la película de Woo-

dy Allen, es Cole Porter, y este lugar, como aquél, también es el de un artista, un mecenas, un vanguardista, un tipo de este palo del cual Porter, sin dudas, hubiese sido amigo. Me siento cómodo aquí, y espero que no haya lluvia en la próxima”, ruega el cantante, con las luces del café concert en retirada y los ecos de la bella “Miss Otis Regrets” sostenidos entre rincones, esperando revancha.

–¿Por qué Porter?

–Porque era un tipo culto, muy sofisticado, que hizo un año de Derecho en Harvard, y yo estudié ahí, incluso tuve contacto en la disputa entre esa universidad y la de Yale, por su legado, ¿no? Porter era un tipo del ambiente universitario, y eso me produce una cercanía con él. Además había estudiado mucha literatura y era un tipo que había compuesto letras y músicas, con una gran comunión entre ellas. Y a mí me importan mucho las letras.

–Se nota. En el vivo acaba de explicar de qué hablan o en qué marco fueron compuestas.

–Porque sé que no todos entienden inglés y no quiero que estén en la luna.

–¿Y en lo musical?

–Bueno, hay temas de Porter que son más raros que perro verde (risas). El arreglador se queja: “El puente en vez de ir para acá va para allá, ¿cómo es esto?” (risas). Y eso que Cirigliano –el arreglador– es un tipo que tiene mucha escuela musical. Estudió con Bill Evans, sabe un montón de música y conoce muy bien cómo se arregla una banda. Es un lujo para mí tenerlo a él y tener a estos músicos, claro.

Tributo a Cole Porter, que Tarantini editó a través del sello BlueArt, es el tercer disco de una cosecha que comenzó con Jazzy, placa en la que el baterista devenido cantante combina standards de jazz en portugués, inglés y francés con un par de tangos. Y prosigue con el nodal Gershwin & Piazzolla, disco doble destinado a cruzar el legado de ambas musas urbanas. “Me di el gusto de juntar los mundos del jazz y del tango, e incluso de cantar piezas de Astor que no muchos saben que tienen letra. Me refiero a ‘Adiós Nonino’ o ‘Invierno porteño’. Pasó eso, y por rescatar a Gershwin que, para mí, tiende un puente directo con Porter. Digamos que quise plasmar una continuidad estética”, explica Tarantini, a quien una mezcla de empirias y azares lo llevó a trocar la batería y el piano por el canto. “Me decidí a cantar por dos motivos: uno, porque mi mamá era cantante y yo lo hago desde los cinco años. Incluso tengo una versión de ‘El viejo hospital de los muñecos’, grabada en el Jardín Japonés (risas). Pero cuando era joven me gustaba el rock and roll, me gustaba Cream, y de hecho tenía un trío de guitarra, bajo y batería con dos bombos, y fui por ese lado”, evoca.

–¿Nunca intentó cantar y tocar la batería como Javier Martínez, ya que habla de “los Manal ingleses”?

–Lo intenté, pero nunca pude. No puedo porque muevo la cabeza y el micrófono se mueve, en fin… en aquella época no había un micrófono que te siguiera. Además estás lejos de la gente, estás atrás de los tambores, de los platillos… no te ven, es un lío. Y la otra razón es que tuve un problema en la muñeca, un ganglión que me llevó a dejar la batería y comprar un saxo, que tiene el mismo registro de la voz humana… uno puede tocar y cantar, ¿no? Y bueno, descubrí que lo que más me representa es cantar. Es lo que me define completamente, y es lo mejor que puedo poner de mí para evocar a estos monstruos.

 

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Fumero en la Rolling Stones

El contrabajista argentino radicado en España regresa con su álbum que hace honor a su título. La formación de trío sin batería favorece el vuelo lírico de Fumero, con el dulce y personal tono de su instrumento. Y la trompeta de Mariano Loiacano, en un set de composiciones instrumentales del propio “Isóca”, con nombres de pájaros autóctonos y aires folclóricos. 

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Alberto Tarantini – Tributo a Cole Porter (Tiempo Argentino)

Luego del CD Jazzy, en el que interpretaba a varios autores de jazz, y su elogiado álbum doble Gershwin y Piazzolla, el músico decidió grabar este Tributo a Cole Porter, en el que hace un recorrido por 14 temas del compositor estadounidense. Con el acompañamiento de una gran orquesta integrada por muchos de los más prestigiosos instrumentistas de jazz de la Argentina (entre ellos Bernardo Monk, Arturo Puertas, Javier Martínez, Miguel Ángel Tallarita y Richard Nant y muchos otros) y dirección del maestro Carlos Cirigliano, Tarantini recrea con un alto nivel interpretativo obras inolvidables como “Night and day”, “So in love”, “Dream dancing” o “Anithing goes”. Un trabajo notable para homenajear a uno de los grandes creadores de la historia del jazz. 

 

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Tarantini, un homenaje argentino a Cole Porter (La Razón)

 

El disco “Tributo a Cole Porter”, el tercero como solista del cantante, saxofonista, baterista y pianista Alberto Tarantini con la orquesta de Juan Carlos Cirigliano, así como sus presentaciones en La Botica del Angel el 20 y 27 de este mes y el 3, 10 y 24 de abril, reactualiza en nuestro país la figura y la obra del más popular de los compositores integrales de la cultura musical estadounidense. Nacido en 1891 en una localidad llamada Perú, en el estado de Indiana, Estados Unidos, falleció en 1964, con lo cual este año se cumple el cincuentenario de su muerte. Por esta razón se organizan conciertos y homenajes en todo el mundo a quien fue autor de más de mil canciones, una más famosa que la otra, al punto que en las primeras décadas del siglo XX era raro que una comedia musical no tuviera música suya.

El disco de Tarantini contiene 18 temas y resulta inimaginable la sola idea de ponerse a elegir entre tal inmensidad de canciones. Cualquier nómina, en todo caso, debe ser inevitablemente buena, especialmente si se conserva el espíritu del hombre que alegró la vida de millones y que sin embargo transitó la suya propia de drama en drama, aunque casi nadie se enterara. Efectivamente, Cole Porter fue el alma de las fiestas más locas del Paris de entreguerras, se casó para ocultar su homosexualidad, se volvió multimillonario con sus temas pegadizos con letras llenas de malicia, vivió como un gran triunfador, pero la realidad es que terminó sus días solo y alcoholizado. En rigor, el enorme talento que tenía para la música también lo tuvo para sobrevivir en un ambiente que, con otra personalidad, le hubiera resultado insoportablemente hostil.

Porter vivía en un mundo imaginado por él mismo a su medida. Fue, para muchos, uno de los más grandes hedonistas del siglo XX, y contaba con una imaginación portentosa que excedía lo musical. Se inventó una participación en la Legión Extranjera y se compraba trajes militares con los que fingía vaya a saber qué. Se casó con Linda Lee -ya dijimos que para disimular- y se dedicaron a viajar por todo el mundo con una multitud de mayordomos y valijas llenas de dinero. Porter, frente a las críticas, sostenía que “mucha gente dice que el dinero puede destrozarte la vida. Para mí la hace sencillamente maravillosa”. 

Un tremendo accidente al caer de un caballo -su esposa evitó que le amputaran las piernas- hicieron que padeciera sus casi últimos treinta años de vida con treinta operaciones, semiparalítico y dolores tremendos. Una década antes de morir no se salvó de que le cortaran una de las piernas. Porter no se quejaba. “Un caballero no debe deprimir a sus amigos con sus desgracias”, decía. Sin embargo cayó varias veces en tremendas depresiones y fue una de las primeras personas en el mundo en “probar” el electroshock. Su mujer, separada de hecho, a veces vivía en otra ciudad y hasta en otro continente. Gracias a la plata amasada, la pileta de natación de Porter en una de sus mansiones estaba llena de “jóvenes escultóricos”, en palabras de un amigo suyo. “Espero que tu vida y tu piscina estén llenas. Sé de buena tinta que es así”, le escribía, cómplice, George Cukor.

“Dream Dancing”, “So in Love”, “Night and Day”, “From this moment on”, “Do I Love you?”, “Ev´ry tieme we say goodbye”, “All oof you”, “Anything goes”, son apenas un puñadito de sus celebrados temas y algunos de los que aborda Tarantini en “Tributo a Cole Porter”. Algunos de ellos fueron escritos por un hombre que sufría atrozmente. Su vida fue llevada al cine más de una vez, pero magistralmente por Irving Winkler en “De lovely”, con Kevin Kline como Porter y la bellísima Ashley Judd como Linda. Woody Allen lo homenajeó en “Días de radio” y en “Hannah y sus hermanas”. Tom Waits, Annie Lennox, Erasure, Sinead O’Connor, Iggy Pop, Lisa Stanfield, David Byrne y Bono fueron algunos de quienes interpretaron temas suyos en “Red hot + blue: a tribute to Cole Porter”, un disco cuyos beneficios se destinaron a la lucha contra el Sida en 1990. Entre nosotros, un buen homenaje es escuchar este muy buen CD de Tarantini.

 

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9 puntos. Vuelos (Página/12)

De compañero de ruta de León Gieco y del Gato Barbieri a su presente de consolidado contrabajista de jazz, el recorrido de Horacio Fumero es de una riqueza notable. Y se imprime en un estilo que hace de él, además de un gran instrumentista, un gran músico. Aquí, en trío con Diego Schissi en piano y Mariano Loiácono en trompeta (brillante en “Torcacita”), como un Messiaen de la Pampa Húmeda, cataloga pájaros —incluyendo las exquisitas “Golondrinas” de Eduardo Falú— y entrega un disco de rara y perfecta belleza. Diego Fischerman 

 

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El jazzero canto de las aves argentinas (Página/12)

 

Por Cristian Vitale

Que un disco de jazz esté basado totalmente en pájaros sorprende… hasta ahí. Al principio apenas, cuando a cada pieza corresponde el nombre de un ave, argentina en este caso, y genera una singular imaginación a priori. Pero es el mismo autor, Horacio Fumero, el que naturaliza la situación. O desnaturaliza la sorpresa. Enmarca con el apodo Charlie Parker, el creador del bebop (Bird); acerca con piezas sueltas del género que intentan pintar con sus músicas diversos bichos voladores (“Ornithology”, del mismo Parker, “The Peacoks”, de Jimmy Rowles y Gary Foster, o “Bye Bye Blackbird”, la casi centenaria pieza de Ray Henderson y Mort Dixon), y remata con un trabajo entero, conceptual, de Dave Holland, en cuyo nombre no filtran dudas: Conference of the Birds. Ubica, en suma, su flamante disco Vuelos en un contexto de realidad, amparado en sus precedentes. “No soy yo quien pueda comparar mi humilde homenaje con lo que realizaron tan grandes figuras del jazz, pero me gusta pensar que hemos compartido algunas visiones”, se limita a decir él, mientras está de gira por los cielos fríos de Europa Central, antes de presentarse los sábados 18 y 25 de enero junto a Adrián Iaies en Café Vinilo (Gorriti 3780).

Vuelos, tal como su nombre indica, es un intento conceptual del histórico contrabajista de retratar aves autóctonas con sonidos. De musicalizarlas. Sustentado en el trío que completan Diego Schissi en piano y Mariano Loiácono en trompeta, Fumero trata de emular los cantos del chimango, la torcacita, el tero, la cigüeña, el chajá, el carancho, el tordo músico, el ñandú –todos bajo idea propia–, más un plus ajeno (“Las golondrinas”), cuya versión original corresponde a Eduardo Falú. “Pocos días antes de entrar en el estudio falleció Falú y, conmovido por la noticia, quise rendirle un pequeño homenaje con sólo las cuatro cuerdas del contrabajo… Se me apareció su voz cantando ‘adónde te irás volando por esos cielos’ y, bueno, las golondrinas tenían que estar presentes, ¿no? Como son aves migratorias, hice un guiño musical, modulando su melodía por tonalidades alejadas unas de otras, tritonos, terceras menores… Falú fue enorme. Recuerdo cuando oíamos en discos de 78 rpm su ‘Tonada del viejo amor’, en aquellos largos veranos de la infancia”, explica y evoca el ex contrabajista del Gato Barbieri, Téte Montoliú, Johnny Griffin y Woody Shaw, entre otros pesos pesados del género, nacido hace más de seis décadas en el paraje campero y santafesino de Cañada Rosquín.

–Se intuye que su infancia rural ha aparecido en este disco…

–Recuerdo especialmente los pájaros de mi infancia, sí. Es algo mágico un ser vivo que vuela, ¿no? En el campo, en aquellos años, había una enorme variedad de especies de pájaros y mariposas, y siempre me maravillaron sus vuelos, sus cantos, sus nidos… El primer tema que compuse se llamaba “Hornero”, hermoso ejemplo de pájaro constructor que la gente respeta tanto. Y resulta que la música es fundamentalmente construcción, lo que pasa que es construcción con aire, con vibración de aire que se transporta del emisor al oído de quien está escuchando: esto también es mágico.

Para imaginarle una música al resto de las aves regionales, Fumero se basó en las onomatopeyas que distinguen sus cantos –el “teru teru”, por caso– o en características especiales que surgen de oír los sonidos del ñandú, la cigüeña o el tordo músico. “En el caso del ñandú pensé en sus largos pasos y escribí el tema siguiendo una serie de cuartas musicales que hacen un progreso rapidísimo en la escala musical hacia lo agudo o hacia lo grave. En el de la cigüeña quise evocar algo, una cierta nostalgia de algo que quizá nunca existió, pero que nos gustaría que hubiera existido. Y ‘Tordo músico’ está dedicado a mi desaparecido hermano Hugo, porque era su pájaro preferido”, explica Fumero sobre ciertas piezas de este singular disco surgido tras su paso por el programa de televisión Ocells, palabra catalana cuyo significado en castellano es, claro, pájaros. “Lo hicimos hace un año para TV3 de Rosario, y el disco fue idea de Horacio Vargas, su productor”, informa.

–Bajo la impronta del jazz, que da para todo…

–Bueno, sí, es una música que me fascinó desde el principio, pero no es la única música para mí. Me gusta definirme como músico, así, a secas y no como “músico de”. No pertenezco a ninguna secta musical, me gustan todas las músicas que están hechas con esa mezcla maravillosa de corazón y cerebro: el folklore, el tango, la música árabe, la hindú, el flamenco, en fin, hay tantas…