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Los Desvíos de Sued y Domínguez (El Intruso)

 

Rodrigo Domínguez es un reconocido líder de banda con cinco álbumes en su haber (Tonal en 2004, Soy sauce en 2008, Presenciaen 2010, Drop Dogs –con Mark Helias y Hernán Hecht- en 2012 y Limón en 2015) y ha integrado varias de las bandas más interesantes de la Argentina de las últimas décadas como Quinteto Urbano, Mariano Otero Quinteto y Orquesta, Santiago Vázquez y La Grande, Lucía Pulido y La Raza, Juan Pablo Arredondo Quinteto, Juan Pablo Hernández Quinteto, Hernán Mandelman Sexteto, las agrupaciones de Ernesto Jodos, Fernando Tarrés, Mariana Baraj, Guillermo Klein, Paula Shocron, Guillermo Bazzola, Eleonora Eubel, Hernán Merlo, etc.

En tanto que Natalio Sued, quien reside en Ámsterdam desde 2001, es un activo integrante del movimiento free en los Países Bajos, donde ha brindado conciertos de tinte experimental en todo el país. Su ideario artístico combina música escrita con improvisada y en la actualidad participa de varios proyectos en forma simultánea con los que realiza numerosas presentaciones, especialmente en Europa, entre los que podemos mencionar Native Speaker, Antimufa, Del Abasto, Tetzepi, etc. En 2003 conformó Intuit Quintet, con el que debutara como líder al año siguiente con Istmo; luego editaría, entre otros álbumes, Mirada esquiva (en la edición europea, Our Hour) y Amistad. Ha tocado con músicos de reconocida trayectoria en el mundo del jazz como Michael Moore, Jasper Blom, Thomas Andersen, Sal Mosca, Chris Cheek, Lars Dietrich y Lee Konitz, entre otros.

Desvíos, como se dijo, fue registrado en marzo de 2009. Su edición, siete años después por intermedio del sello rosarino BlueArt, no le ha quitado frescura y resulta un interesante ejercicio la comunión que surge de los temas interpretados con el aporte de la base rítmica (siete, cinco correspondientes a Sued y los dos restantes a Domínguez) y a dos saxophones tenores (seis, de composición compartida). Estas breves piezas, tituladas Dúo (1 a 6), son gemas de protagonismo repartido que bien podrían conformar un mini álbum por separado. De los restantes (muy buenos los aportes tanto de Eloy Michelini como de Hernán Merlo), podemos destacar –casi arbitrariamente- Desvíos, Zamba para Nicanor Acacias.

Desvíos tendrá su presentación oficial el próximo miércoles 23 de noviembre a las 19:00 hs. en el Salón de Honor del Centro Cultural Kirchner, sito en Sarmiento 151 (CABA), con entrada libre y gratuita. En esta ocasión, los saxofonistas Rodrigo Domínguez y Natalio Sued estarán acompañados por Hernán Merlo en contrabajo y Hernán Mandelman en batería.

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Francisco Lo Vuolo Trío.

El pianista santafesino se ha convertido en uno de los principales artistas de la escena del jazz merced a una potente creatividad y una depurada técnica. Junto a su trío, presenta un show único donde interpretará standards de jazz y composiciones propias.

El 11 de noviembre en Plataforma Lavardén, Terraza de la Cúpula (Sarmiento y Mendoza), dentro del programa “La Casa del Jazz

21.30 horas.

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Sello rosarino BlueArt festeja quince años con exquisita velada jazzera

 

Este sábado, a partir de las 21.30, en la Terraza de la Cúpula de la Plataforma Lavarden (Sarmiento y Mendoza) tendrá lugar la tercera edición del BlueArt Jazz Festival, con la presencia de  Suárez/Socolsky/Suárez (Rosario) + Sued/Domínguez Cuarteto (Holanda-Buenos Aires).

El trío Suárez-Socolsky-Suárez repasará su elogiado disco Portugal. Se trata de un grupo de jazz contemporáneo integrado por Mariano Suárez en trompeta y flugëlhorn; Pablo Socolsky en piano y Fermín Suárez en contrabajo.

Las composiciones del grupo conjugan la improvisación con elementos del jazz como aspectos relevantes, en el marco de un estilo cercano a lo camarístico. Portugal, el disco, fue editado por el sello BlueArt Records y fue lanzado en octubre de 2015. Y además el disco tuvo su origen, en 2013, en una serie de rítmicas originales compuestas para una muestra del fotógrafo Nicolás Buraczock, por lo que se acerca más a un concepto de música incidental. Una música también ligada a la experimentación, a timbres más contemporáneos y al free jazz que encastran muy bien con la improvisación constante de la que hacen gala.

Sued-Domínguez Cuarteto está compuesto por los saxos tenores Natalio Sued y Rodrigo Domínguez, quienes tocarán su disco Desvíos, que fue grabado junto a Hernán Merlo en contrabajo y Eloy Michelini en batería.

Sued estudió en Holanda con músicos como Dick Oatts, Lee Konitz y Sal Mosca, entre muchos otros, y tocó en diferentes grupos y con músicos de la talla de Michael Moore, Jasper Blom y Thomas Andersen. Por su parte, Domínguez es uno de los músicos más activos e influyentes de la escena jazzística de Buenos Aires, habiendo participado en más de 50 discos y fue uno delos fundadores del prestigioso Quinteto Urbano.

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Nuevo Lanzamiento

 

Un disco a piano solo es, ante todo, un acto de desnudez tanto musical como emocional. En esta nueva producción, el pianista de Córdoba, Eduardo Elia, reafirma su camino de salir  al ruedo sin medias tintas, con dominio de standards y tres composiciones propias. El piano bascula entre el jazz y su profundo mundo interior, sin contaminar la escena con virtuosismo vacío. Once temas que son materia prima para la profundización, apuntando a un enfoque íntimo y oscilante; que se erige como una declaración detenida en el tiempo en un presente continuo. Aquí hay variados cielos que transmiten distintas proyecciones de luz. Una travesía musical rica en sorpresas, colores y contrastes.

Miguel Almada

Impronta de Jazz

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En noviembre, III BlueArt Jazz Festival

BlueArt Records, el prestigioso sello  especializado en jazz contemporáneo, hecho en Rosario, con proyección nacional e internacional, cumple 15 años y lo celebra con su III BlueArt Jazz Festival.  El sábado 26 de noviembre, el trío rosarino Suárez-Socolsky- Suárez repasa el elogiado disco “Portugal” y como cierre la presentación oficial de “Desvíos”, el cd de dos notables saxos tenores, Natalio Sued (Amsterdan) y Rodrigo Domínguez (Buenos Aires) junto a Hernán Merlo en contrabajo y Hernán Mandelman en batería.  Temas originales, en ambos casos,  que sorprenden por la riqueza de la improvisación.  En Biblioteca Argentina, en tanto, el jueves 1 de diciembre, se presentan otros discos de BlueArt. “Relojeros” –por muchos críticos especializados el mejor disco de jazz 2016- y solo piano del cordobés Eduardo Elia.

La agenda completa aquí.

 

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Síntesis en revista Radar

 

 

CERRAR EL CÍRCULO, por Juan Manuel Strassburger.

Reconocido músico de jazz fusión, Jorge Migoya tiene una vida hecha en París, Francia. Llegó con lo puesto a fines de los setenta y literalmente hizo de todo para sobrevivir: desde dormir en las plazas o las catedrales hasta tocar en bandas de cabaret. “Emigré solo, sin nadie que me acompañara y sin pasaje de vuelta. Y menos mal: si lo hubiera tenido seguramente me habría vuelto a la dos semanas”, cuenta hoy que las cosas son bien distintas. Y es que después de asentarse en la escena parisina y desarrollar una activa carrera solista, para Migoya llegó el tiempo de cosechar. Primero con la reedición hace tres años de Elefantes, disco apreciado de la escena de jazz rock y fusión que grabó para Melopea en 1990 (en una de sus breves visitas al país). Y, ahora, con la reedición de Síntesis, el disco homónimo del grupo progresivo que supo liderar a mediados de los setenta y que con el tiempo se convirtió en una pieza colección para los aficionados al rock nacional primigenio. Pero también para muchos nuevos escuchas de hoy, que lo descubrieron vía YouTube y llenaron de visitas y comentarios el posteo, para sorpresa del propio Migoya.

 

“Un día estaba conversando con un amigo que me pregunta si ese grupo que había formado en Argentina se llamaba Síntesis. ‘Sí’, le digo, ‘¿por qué?’. ‘Porque está en internet y es un pequeño boom’, me contestó. Y ahí fui a ver y descubrí que era verdad: que alguien lo había subido y que había un montón de gente escuchando y comentando”. Para Migoya fue impactante. No sólo significó volver a tomar contacto con un disco que más allá del cariño tenía sepultado en su memoria sino también tomar conciencia de que aquella música podía ser valorada en sus propios términos hoy. “En los ochenta, mucha música de los setenta que habíamos hecho o nos gustaba fue olvidada. Pasó a ser mala palabra. Pero hay parece haber nuevas generaciones que la están revalorizando. Y no desde la nostalgia sino desde un gusto actual, vigente”, señala contento.

 

Síntesis, que tuvo su origen en Rosario y se conformó como un grupo enteramente instrumental (una rareza, incluso para los parámetros progresivos locales de esos años) tuvo también la particularidad de grabar su único disco el mismo día en que la última dictadura se dio a conocer. “La grabación duró dos días: 24 y 25 de marzo de 1976. Y recuerdo que el primer día, cuando hicimos un alto para almorzar, en la tele del bar anunciaron el Golpe y empezaron desfilar los tanques. Para nosotros fue un shock. Era la primera vez que íbamos con la banda a Buenos Aires. Y éramos muy jóvenes, recién teníamos 19 años. Y no imaginábamos todo lo que iba a suceder después. Aunque sin duda nos impactó”.

 

Previo a ese bautismo “de fuego”, Síntesis construyó una carrera como tantos otros grupos de aquella época: arrancaron con mucha espontaneidad juntándose en casa de amigos “a ver qué salía” y terminaron elaborando un música que si bien dialogaba con la complejidad en boga de los setenta aportaba un toque personal a partir de vincular tendencias musicales casi opuestas. “Por eso Síntesis –devela Migoya– porque los tres veníamos de mundos muy diferentes: yo estaba más enganchado con la música clásica mientras que el batero Julio Cusmai era más rock y el bajista Juan Ricci le tiraba más el jazz-rock de Weather Report y Chick Corea. Mis composiciones, entonces, servían como catalizador para unir esas fuerzas dispares”.

 

Escuchado desde hoy, el disco debut –con títulos ingeniosos y poco solemnes como “Lo obvio según yo”, “La necesidad de amar… a veces” o “Todo lo necesario para lo necesario”– está impregnado sin duda de ese zeitgeist progresivo que entre círculos estimulados de clase media de los setenta era un lugar común al mismo tiempo que un disfrute real. Pasajes con rítmicas intrincadas y mucho punteo de guitarra (esos serían los momentos más afines al rock nacional contemporáneo) mechados con otros en principio más áridos donde el inesperado protagonismo de clarinetes, saxos, violines y flautas traversas desconciertan para bien: no es sólo barroco, no es sólo jazz-rock, no es sólo música progresiva sino tal vez una mezcla a tientas y bastante desprejuiciada de todo eso.

 

“Pienso que nos diferenciábamos de otros grupos de la corriente progresiva como Alas, que por supuesto me gustaban, porque no teníamos un programa. Lo de ser instrumentales era porque ninguno sabía cantar, entonces ninguno cantaba. Y lo de sumar de vientos y cuerdas, que nos daban un entramado musical muy particular, fue porque yo estudiaba composición en la Escuela de Música de Rosario y al año de formarnos ya estábamos incorporando gente de ahí que manejaba esos instrumentos y me permitía poner en práctica lo que había ido aprendiendo”, sostiene Migoya coincidiendo con la idea de que había una aproximación intuitiva de parte de la banda para lograr esa música compleja. Tal vez la razón que explica que el disco mantenga su gracia hoy.

 

“Nuestro fuerte era el vivo”, señala quien con Síntesis tocaba en lugares como la Sala de Bolsillo de la calle San Lorenzo, la Fundación Asteco y la Biblioteca Argentina de Rosario. Siempre con un público entre rockero e intelectual-universitario como puede deducirse de las fotos que se conservan de la banda (un look bien setentoso de jeans gastados y cabelleras libres que no hubiera desentonado en ningún BA Rock) y del propio arte de tapa, muy en la línea de ciencia ficción piscodélica de las portadas de Yes (aunque en Síntesis había un elemento de improvisación y fusión por el lado del clarinete y el saxo que era inexistente en esa banda). “Llevábamos entre 600 y 700 personas y llegamos a compartir fecha con Polifemo, una vez que vinieron a Rosario. Tuvimos una linda charla con David Lebón en la previa”, rememora, al mismo tiempo que se lamenta de una fallida fecha conjunta con Invisible. “El productor local sufrió la censura con el afiche de Durazno sangrando, que tenía un doble sentido, y no pudo ser”, dice. Y deja un balance agridulce sobre aquellos años: “Por un lado estaba muy presente la oscuridad y la sensación de opresión de los militares. Pero por el otro eran años de un consumo sofisticado que tenía mucho espacio en las radios y los medios de comunicación. La gente que no quería escuchar lo comercial se volcaba en masa a la música progresiva. Y eso después ya no volvió a suceder”.

 

Dada la valoración y el culto aficionado que con los años recibió el disco llama la atención que Síntesis no haya llegado a tocar nunca en Buenos Aires. “Al poco tiempo que salió el disco, bancado por un sello que se dedicaba al circuito de la cumbia, me tocó hacer la colimba. Así que no lo pudimos defender como corresponde. Después cuando salí, sí, hicimos algunos shows. Pero al poco tiempo conseguí una plata importante gracias a un trabajo de producción que conseguí. Y para el ‘78 ya me estaba yendo a Francia”, cuenta Migoya que tiene recuerdos muy hondos de aquellos primeros años de su nueva vida. “Me caí del avión. Era muy joven. Hice cosas que diez años después seguramente no hubiese hecho”, dice sobre su iniciación parisina durante la cual se convirtió prácticamente en un linyera: “Dormía en la catedral de Notre Dame, me metía de intruso en los hoteles para poder bañarme, vagaba de acá para allá”, relata y recuerda que si bien había una diáspora argentina él no la frecuentaba: “Yo no era un exiliado político, me había venido a París pero no porque me persiguiera la dictadura como a tantos otros sino porque pensaba que acá el pasto crecía más verde. Luego entendí que no era así, que no era que en París, Londres o cualquier otra ciudad del mundo el pasto ‘creciera más verde’ sino que era uno mismo el que, en definitiva, lograba eso sucediera. Pero lo comprendí mucho después”.

 

En el mientras tanto, Migoya le mentía a sus padres (“Cada vez que hablaba con ellos les decía que estaba bien, durmiendo en hoteles, adaptándome bien a la ciudad, porque si les decía la verdad capaz que me mandaban el pasaje de vuelta y me hacían regresar”) y se juramentaba una promesa. “Me dije: si voy a morirme de hambre, voy a morirme en París. Le veía hasta algo romántico. Tenía 22 años”, se excusa. La salvación vino por el lado de otros inmigrantes como él. “Me hice amigo de un inglés y de un estadounidense que estaban en una situación parecida. Ellos me hablaron de una reunión de músicos extranjeros, una zapada. Y ahí conocí a un belga que me iba a dejar su puesto en la banda de un cabaret porque se volvía a su país. Fue un mes en el que estuve yendo al cabaret a ensayar pero sin decirles de mi situación porque no me iban a aceptar. Era el único momento en que podía estar calefaccionado”. Migoya finalmente consiguió el puesto y hacerse de una mínima estabilidad (“El primer día que cobré me pagué una noche en un hotel y no lo podía creer: era como si hubiera vuelto a la vida. Me sentía millonario”) que terminó redundando con el correr de los años en su desarrollo como músico partícipe de la escena de jazz-fusión francesa.

 

¿Te preguntaste por qué llegaste a tomar esa decisión tan drástica de irte a vivir afuera cuando no estabas obligado a hacerlo?

 

–Es verdad: en Buenos Aires tenía una banda, salía en la radio, me valoraban como productor. De alguna forma me la creía. Y en Francia era realmente nadie. Era ser vos con vos mismo. Tuve que volver a nacer. Y lo logré creyendo en mí. Tratando de encontrar soluciones día a día. Y no volviendo a saber durante muchos años de la Argentina. No pensaba en ningún momento en mí país porque el desarraigo era muy fuerte. Recién pude volver a conectarme y volver cuando ya había logrado algo. Y creo que tomé aquella decisión por eso, para realizarme como persona.

El retorno musical se concretó casi una década después con la ya comentada grabación de Elefantes en Melopea. Y luego, en los últimos años, con un cada vez más frecuente ida y vuelta entre París y Rosario. “La reedición tanto de Síntesis como de Elefantes por parte de BlueArt hizo que me reconectara con esa música que tenía algo sepultada. Me di cuenta que ambos discos, además de tener puntos en común, contienen el germen de lo que hice después. Siento que puedo reivindicarlos”.

 

9 de Octubre del 2016, suplemento Radar de Página/12

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CERRAR EL CÍRCULO (Radar, Página12)

 

 Por Juan Manuel Strassburger

Reconocido músico de jazz fusión, Jorge Migoya tiene una vida hecha en París, Francia. Llegó con lo puesto a fines de los setenta y literalmente hizo de todo para sobrevivir: desde dormir en las plazas o las catedrales hasta tocar en bandas de cabaret. “Emigré solo, sin nadie que me acompañara y sin pasaje de vuelta. Y menos mal: si lo hubiera tenido seguramente me habría vuelto a la dos semanas”, cuenta hoy que las cosas son bien distintas. Y es que después de asentarse en la escena parisina y desarrollar una activa carrera solista, para Migoya llegó el tiempo de cosechar. Primero con la reedición hace tres años de Elefantes, disco apreciado de la escena de jazz rock y fusión que grabó para Melopea en 1990 (en una de sus breves visitas al país). Y, ahora, con la reedición de Síntesis, el disco homónimo del grupo progresivo que supo liderar a mediados de los setenta y que con el tiempo se convirtió en una pieza colección para los aficionados al rock nacional primigenio. Pero también para muchos nuevos escuchas de hoy, que lo descubrieron vía YouTube y llenaron de visitas y comentarios el posteo, para sorpresa del propio Migoya.

“Un día estaba conversando con un amigo que me pregunta si ese grupo que había formado en Argentina se llamaba Síntesis. ‘Sí’, le digo, ‘¿por qué?’. ‘Porque está en internet y es un pequeño boom’, me contestó. Y ahí fui a ver y descubrí que era verdad: que alguien lo había subido y que había un montón de gente escuchando y comentando”. Para Migoya fue impactante. No sólo significó volver a tomar contacto con un disco que más allá del cariño tenía sepultado en su memoria sino también tomar conciencia de que aquella música podía ser valorada en sus propios términos hoy. “En los ochenta, mucha música de los setenta que habíamos hecho o nos gustaba fue olvidada. Pasó a ser mala palabra. Pero hay parece haber nuevas generaciones que la están revalorizando. Y no desde la nostalgia sino desde un gusto actual, vigente”, señala contento.

Síntesis, que tuvo su origen en Rosario y se conformó como un grupo enteramente instrumental (una rareza, incluso para los parámetros progresivos locales de esos años) tuvo también la particularidad de grabar su único disco el mismo día en que la última dictadura se dio a conocer. “La grabación duró dos días: 24 y 25 de marzo de 1976. Y recuerdo que el primer día, cuando hicimos un alto para almorzar, en la tele del bar anunciaron el Golpe y empezaron desfilar los tanques. Para nosotros fue un shock. Era la primera vez que íbamos con la banda a Buenos Aires. Y éramos muy jóvenes, recién teníamos 19 años. Y no imaginábamos todo lo que iba a suceder después. Aunque sin duda nos impactó”.

Previo a ese bautismo “de fuego”, Síntesis construyó una carrera como tantos otros grupos de aquella época: arrancaron con mucha espontaneidad juntándose en casa de amigos “a ver qué salía” y terminaron elaborando un música que si bien dialogaba con la complejidad en boga de los setenta aportaba un toque personal a partir de vincular tendencias musicales casi opuestas. “Por eso Síntesis –devela Migoya– porque los tres veníamos de mundos muy diferentes: yo estaba más enganchado con la música clásica mientras que el batero Julio Cusmai era más rock y el bajista Juan Ricci le tiraba más el jazz-rock de Weather Report y Chick Corea. Mis composiciones, entonces, servían como catalizador para unir esas fuerzas dispares”.

Escuchado desde hoy, el disco debut –con títulos ingeniosos y poco solemnes como “Lo obvio según yo”, “La necesidad de amar… a veces” o “Todo lo necesario para lo necesario”– está impregnado sin duda de ese zeitgeist progresivo que entre círculos estimulados de clase media de los setenta era un lugar común al mismo tiempo que un disfrute real. Pasajes con rítmicas intrincadas y mucho punteo de guitarra (esos serían los momentos más afines al rock nacional contemporáneo) mechados con otros en principio más áridos donde el inesperado protagonismo de clarinetes, saxos, violines y flautas traversas desconciertan para bien: no es sólo barroco, no es sólo jazz-rock, no es sólo música progresiva sino tal vez una mezcla a tientas y bastante desprejuiciada de todo eso.

“Pienso que nos diferenciábamos de otros grupos de la corriente progresiva como Alas, que por supuesto me gustaban, porque no teníamos un programa. Lo de ser instrumentales era porque ninguno sabía cantar, entonces ninguno cantaba. Y lo de sumar de vientos y cuerdas, que nos daban un entramado musical muy particular, fue porque yo estudiaba composición en la Escuela de Música de Rosario y al año de formarnos ya estábamos incorporando gente de ahí que manejaba esos instrumentos y me permitía poner en práctica lo que había ido aprendiendo”, sostiene Migoya coincidiendo con la idea de que había una aproximación intuitiva de parte de la banda para lograr esa música compleja. Tal vez la razón que explica que el disco mantenga su gracia hoy.

“Nuestro fuerte era el vivo”, señala quien con Síntesis tocaba en lugares como la Sala de Bolsillo de la calle San Lorenzo, la Fundación Asteco y la Biblioteca Argentina de Rosario. Siempre con un público entre rockero e intelectual-universitario como puede deducirse de las fotos que se conservan de la banda (un look bien setentoso de jeans gastados y cabelleras libres que no hubiera desentonado en ningún BA Rock) y del propio arte de tapa, muy en la línea de ciencia ficción piscodélica de las portadas de Yes (aunque en Síntesis había un elemento de improvisación y fusión por el lado del clarinete y el saxo que era inexistente en esa banda). “Llevábamos entre 600 y 700 personas y llegamos a compartir fecha con Polifemo, una vez que vinieron a Rosario. Tuvimos una linda charla con David Lebón en la previa”, rememora, al mismo tiempo que se lamenta de una fallida fecha conjunta con Invisible. “El productor local sufrió la censura con el afiche de Durazno sangrando, que tenía un doble sentido, y no pudo ser”, dice. Y deja un balance agridulce sobre aquellos años: “Por un lado estaba muy presente la oscuridad y la sensación de opresión de los militares. Pero por el otro eran años de un consumo sofisticado que tenía mucho espacio en las radios y los medios de comunicación. La gente que no quería escuchar lo comercial se volcaba en masa a la música progresiva. Y eso después ya no volvió a suceder”.

Dada la valoración y el culto aficionado que con los años recibió el disco llama la atención que Síntesis no haya llegado a tocar nunca en Buenos Aires. “Al poco tiempo que salió el disco, bancado por un sello que se dedicaba al circuito de la cumbia, me tocó hacer la colimba. Así que no lo pudimos defender como corresponde. Después cuando salí, sí, hicimos algunos shows. Pero al poco tiempo conseguí una plata importante gracias a un trabajo de producción que conseguí. Y para el ‘78 ya me estaba yendo a Francia”, cuenta Migoya que tiene recuerdos muy hondos de aquellos primeros años de su nueva vida. “Me caí del avión. Era muy joven. Hice cosas que diez años después seguramente no hubiese hecho”, dice sobre su iniciación parisina durante la cual se convirtió prácticamente en un linyera: “Dormía en la catedral de Notre Dame, me metía de intruso en los hoteles para poder bañarme, vagaba de acá para allá”, relata y recuerda que si bien había una diáspora argentina él no la frecuentaba: “Yo no era un exiliado político, me había venido a París pero no porque me persiguiera la dictadura como a tantos otros sino porque pensaba que acá el pasto crecía más verde. Luego entendí que no era así, que no era que en París, Londres o cualquier otra ciudad del mundo el pasto ‘creciera más verde’ sino que era uno mismo el que, en definitiva, lograba eso sucediera. Pero lo comprendí mucho después”.

En el mientras tanto, Migoya le mentía a sus padres (“Cada vez que hablaba con ellos les decía que estaba bien, durmiendo en hoteles, adaptándome bien a la ciudad, porque si les decía la verdad capaz que me mandaban el pasaje de vuelta y me hacían regresar”) y se juramentaba una promesa. “Me dije: si voy a morirme de hambre, voy a morirme en París. Le veía hasta algo romántico. Tenía 22 años”, se excusa. La salvación vino por el lado de otros inmigrantes como él. “Me hice amigo de un inglés y de un estadounidense que estaban en una situación parecida. Ellos me hablaron de una reunión de músicos extranjeros, una zapada. Y ahí conocí a un belga que me iba a dejar su puesto en la banda de un cabaret porque se volvía a su país. Fue un mes en el que estuve yendo al cabaret a ensayar pero sin decirles de mi situación porque no me iban a aceptar. Era el único momento en que podía estar calefaccionado”. Migoya finalmente consiguió el puesto y hacerse de una mínima estabilidad (“El primer día que cobré me pagué una noche en un hotel y no lo podía creer: era como si hubiera vuelto a la vida. Me sentía millonario”) que terminó redundando con el correr de los años en su desarrollo como músico partícipe de la escena de jazz-fusión francesa.

¿Te preguntaste por qué llegaste a tomar esa decisión tan drástica de irte a vivir afuera cuando no estabas obligado a hacerlo?

–Es verdad: en Buenos Aires tenía una banda, salía en la radio, me valoraban como productor. De alguna forma me la creía. Y en Francia era realmente nadie. Era ser vos con vos mismo. Tuve que volver a nacer. Y lo logré creyendo en mí. Tratando de encontrar soluciones día a día. Y no volviendo a saber durante muchos años de la Argentina. No pensaba en ningún momento en mí país porque el desarraigo era muy fuerte. Recién pude volver a conectarme y volver cuando ya había logrado algo. Y creo que tomé aquella decisión por eso, para realizarme como persona.

El retorno musical se concretó casi una década después con la ya comentada grabación de Elefantes en Melopea. Y luego, en los últimos años, con un cada vez más frecuente ida y vuelta entre París y Rosario. “La reedición tanto de Síntesis como de Elefantes por parte de BlueArt hizo que me reconectara con esa música que tenía algo sepultada. Me di cuenta que ambos discos, además de tener puntos en común, contienen el germen de lo que hice después. Siento que puedo reivindicarlos”.

Síntesis fue reeditado por el sello BlueArt utilizando las cintas originales y manteniendo el arte de tapa. El CD incluye un bonus track y la recuperación de fotos inéditas.

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Homenaje a Gato Barbieri en Rosario

Con la muerte de Leandro “Gato” Barbieri ha desaparecido sin dudas, el músico de jazz de mayor trascendencia internacional que ha dado la Argentina.

Néstor Astarita, que tocó con él, Baby López Furst, Fats Fernández y Mono
Villegas, y en el recordado trío de Litto Nebbia, entre tantos otros, llega a
Rosario a presentar el homenaje a su amigo.
Casi ciego y con una memoria a veces oscilante, Gato Barbieri pudo darse el
gusto de grabar su último disco “New York Meeting” junto a uno de sus más
entrañables amigos, Néstor Astarita. Con el impulso de ese gran productor que
es Nebbia se reunieron en los estudios de grabación de Nueva York junto al
pianista y arreglador Carlos Franzetti y al contrabajista estadounidense David
Fink.
El espectáculo que se presentará en Rosario el sábado 13 de agosto, en
Plataforma Lavardén, evoca ese encuentro compartiendo recuerdos y palabras
en primera persona del inmenso saxo tenor argentino.
Astarita estará acompañado por los talentosos músicos porteños Bernardo Baraj en saxo, Alejandro Kalinoski en piano y Juan Bayón en contrabajo.

 

Entradas anticipadas a $ 100 en boletería del Teatro (Sarmiento y Mendoza)