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Síntesis en revista Radar

 

 

CERRAR EL CÍRCULO, por Juan Manuel Strassburger.

Reconocido músico de jazz fusión, Jorge Migoya tiene una vida hecha en París, Francia. Llegó con lo puesto a fines de los setenta y literalmente hizo de todo para sobrevivir: desde dormir en las plazas o las catedrales hasta tocar en bandas de cabaret. “Emigré solo, sin nadie que me acompañara y sin pasaje de vuelta. Y menos mal: si lo hubiera tenido seguramente me habría vuelto a la dos semanas”, cuenta hoy que las cosas son bien distintas. Y es que después de asentarse en la escena parisina y desarrollar una activa carrera solista, para Migoya llegó el tiempo de cosechar. Primero con la reedición hace tres años de Elefantes, disco apreciado de la escena de jazz rock y fusión que grabó para Melopea en 1990 (en una de sus breves visitas al país). Y, ahora, con la reedición de Síntesis, el disco homónimo del grupo progresivo que supo liderar a mediados de los setenta y que con el tiempo se convirtió en una pieza colección para los aficionados al rock nacional primigenio. Pero también para muchos nuevos escuchas de hoy, que lo descubrieron vía YouTube y llenaron de visitas y comentarios el posteo, para sorpresa del propio Migoya.

 

“Un día estaba conversando con un amigo que me pregunta si ese grupo que había formado en Argentina se llamaba Síntesis. ‘Sí’, le digo, ‘¿por qué?’. ‘Porque está en internet y es un pequeño boom’, me contestó. Y ahí fui a ver y descubrí que era verdad: que alguien lo había subido y que había un montón de gente escuchando y comentando”. Para Migoya fue impactante. No sólo significó volver a tomar contacto con un disco que más allá del cariño tenía sepultado en su memoria sino también tomar conciencia de que aquella música podía ser valorada en sus propios términos hoy. “En los ochenta, mucha música de los setenta que habíamos hecho o nos gustaba fue olvidada. Pasó a ser mala palabra. Pero hay parece haber nuevas generaciones que la están revalorizando. Y no desde la nostalgia sino desde un gusto actual, vigente”, señala contento.

 

Síntesis, que tuvo su origen en Rosario y se conformó como un grupo enteramente instrumental (una rareza, incluso para los parámetros progresivos locales de esos años) tuvo también la particularidad de grabar su único disco el mismo día en que la última dictadura se dio a conocer. “La grabación duró dos días: 24 y 25 de marzo de 1976. Y recuerdo que el primer día, cuando hicimos un alto para almorzar, en la tele del bar anunciaron el Golpe y empezaron desfilar los tanques. Para nosotros fue un shock. Era la primera vez que íbamos con la banda a Buenos Aires. Y éramos muy jóvenes, recién teníamos 19 años. Y no imaginábamos todo lo que iba a suceder después. Aunque sin duda nos impactó”.

 

Previo a ese bautismo “de fuego”, Síntesis construyó una carrera como tantos otros grupos de aquella época: arrancaron con mucha espontaneidad juntándose en casa de amigos “a ver qué salía” y terminaron elaborando un música que si bien dialogaba con la complejidad en boga de los setenta aportaba un toque personal a partir de vincular tendencias musicales casi opuestas. “Por eso Síntesis –devela Migoya– porque los tres veníamos de mundos muy diferentes: yo estaba más enganchado con la música clásica mientras que el batero Julio Cusmai era más rock y el bajista Juan Ricci le tiraba más el jazz-rock de Weather Report y Chick Corea. Mis composiciones, entonces, servían como catalizador para unir esas fuerzas dispares”.

 

Escuchado desde hoy, el disco debut –con títulos ingeniosos y poco solemnes como “Lo obvio según yo”, “La necesidad de amar… a veces” o “Todo lo necesario para lo necesario”– está impregnado sin duda de ese zeitgeist progresivo que entre círculos estimulados de clase media de los setenta era un lugar común al mismo tiempo que un disfrute real. Pasajes con rítmicas intrincadas y mucho punteo de guitarra (esos serían los momentos más afines al rock nacional contemporáneo) mechados con otros en principio más áridos donde el inesperado protagonismo de clarinetes, saxos, violines y flautas traversas desconciertan para bien: no es sólo barroco, no es sólo jazz-rock, no es sólo música progresiva sino tal vez una mezcla a tientas y bastante desprejuiciada de todo eso.

 

“Pienso que nos diferenciábamos de otros grupos de la corriente progresiva como Alas, que por supuesto me gustaban, porque no teníamos un programa. Lo de ser instrumentales era porque ninguno sabía cantar, entonces ninguno cantaba. Y lo de sumar de vientos y cuerdas, que nos daban un entramado musical muy particular, fue porque yo estudiaba composición en la Escuela de Música de Rosario y al año de formarnos ya estábamos incorporando gente de ahí que manejaba esos instrumentos y me permitía poner en práctica lo que había ido aprendiendo”, sostiene Migoya coincidiendo con la idea de que había una aproximación intuitiva de parte de la banda para lograr esa música compleja. Tal vez la razón que explica que el disco mantenga su gracia hoy.

 

“Nuestro fuerte era el vivo”, señala quien con Síntesis tocaba en lugares como la Sala de Bolsillo de la calle San Lorenzo, la Fundación Asteco y la Biblioteca Argentina de Rosario. Siempre con un público entre rockero e intelectual-universitario como puede deducirse de las fotos que se conservan de la banda (un look bien setentoso de jeans gastados y cabelleras libres que no hubiera desentonado en ningún BA Rock) y del propio arte de tapa, muy en la línea de ciencia ficción piscodélica de las portadas de Yes (aunque en Síntesis había un elemento de improvisación y fusión por el lado del clarinete y el saxo que era inexistente en esa banda). “Llevábamos entre 600 y 700 personas y llegamos a compartir fecha con Polifemo, una vez que vinieron a Rosario. Tuvimos una linda charla con David Lebón en la previa”, rememora, al mismo tiempo que se lamenta de una fallida fecha conjunta con Invisible. “El productor local sufrió la censura con el afiche de Durazno sangrando, que tenía un doble sentido, y no pudo ser”, dice. Y deja un balance agridulce sobre aquellos años: “Por un lado estaba muy presente la oscuridad y la sensación de opresión de los militares. Pero por el otro eran años de un consumo sofisticado que tenía mucho espacio en las radios y los medios de comunicación. La gente que no quería escuchar lo comercial se volcaba en masa a la música progresiva. Y eso después ya no volvió a suceder”.

 

Dada la valoración y el culto aficionado que con los años recibió el disco llama la atención que Síntesis no haya llegado a tocar nunca en Buenos Aires. “Al poco tiempo que salió el disco, bancado por un sello que se dedicaba al circuito de la cumbia, me tocó hacer la colimba. Así que no lo pudimos defender como corresponde. Después cuando salí, sí, hicimos algunos shows. Pero al poco tiempo conseguí una plata importante gracias a un trabajo de producción que conseguí. Y para el ‘78 ya me estaba yendo a Francia”, cuenta Migoya que tiene recuerdos muy hondos de aquellos primeros años de su nueva vida. “Me caí del avión. Era muy joven. Hice cosas que diez años después seguramente no hubiese hecho”, dice sobre su iniciación parisina durante la cual se convirtió prácticamente en un linyera: “Dormía en la catedral de Notre Dame, me metía de intruso en los hoteles para poder bañarme, vagaba de acá para allá”, relata y recuerda que si bien había una diáspora argentina él no la frecuentaba: “Yo no era un exiliado político, me había venido a París pero no porque me persiguiera la dictadura como a tantos otros sino porque pensaba que acá el pasto crecía más verde. Luego entendí que no era así, que no era que en París, Londres o cualquier otra ciudad del mundo el pasto ‘creciera más verde’ sino que era uno mismo el que, en definitiva, lograba eso sucediera. Pero lo comprendí mucho después”.

 

En el mientras tanto, Migoya le mentía a sus padres (“Cada vez que hablaba con ellos les decía que estaba bien, durmiendo en hoteles, adaptándome bien a la ciudad, porque si les decía la verdad capaz que me mandaban el pasaje de vuelta y me hacían regresar”) y se juramentaba una promesa. “Me dije: si voy a morirme de hambre, voy a morirme en París. Le veía hasta algo romántico. Tenía 22 años”, se excusa. La salvación vino por el lado de otros inmigrantes como él. “Me hice amigo de un inglés y de un estadounidense que estaban en una situación parecida. Ellos me hablaron de una reunión de músicos extranjeros, una zapada. Y ahí conocí a un belga que me iba a dejar su puesto en la banda de un cabaret porque se volvía a su país. Fue un mes en el que estuve yendo al cabaret a ensayar pero sin decirles de mi situación porque no me iban a aceptar. Era el único momento en que podía estar calefaccionado”. Migoya finalmente consiguió el puesto y hacerse de una mínima estabilidad (“El primer día que cobré me pagué una noche en un hotel y no lo podía creer: era como si hubiera vuelto a la vida. Me sentía millonario”) que terminó redundando con el correr de los años en su desarrollo como músico partícipe de la escena de jazz-fusión francesa.

 

¿Te preguntaste por qué llegaste a tomar esa decisión tan drástica de irte a vivir afuera cuando no estabas obligado a hacerlo?

 

–Es verdad: en Buenos Aires tenía una banda, salía en la radio, me valoraban como productor. De alguna forma me la creía. Y en Francia era realmente nadie. Era ser vos con vos mismo. Tuve que volver a nacer. Y lo logré creyendo en mí. Tratando de encontrar soluciones día a día. Y no volviendo a saber durante muchos años de la Argentina. No pensaba en ningún momento en mí país porque el desarraigo era muy fuerte. Recién pude volver a conectarme y volver cuando ya había logrado algo. Y creo que tomé aquella decisión por eso, para realizarme como persona.

El retorno musical se concretó casi una década después con la ya comentada grabación de Elefantes en Melopea. Y luego, en los últimos años, con un cada vez más frecuente ida y vuelta entre París y Rosario. “La reedición tanto de Síntesis como de Elefantes por parte de BlueArt hizo que me reconectara con esa música que tenía algo sepultada. Me di cuenta que ambos discos, además de tener puntos en común, contienen el germen de lo que hice después. Siento que puedo reivindicarlos”.

 

9 de Octubre del 2016, suplemento Radar de Página/12

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CERRAR EL CÍRCULO (Radar, Página12)

 

 Por Juan Manuel Strassburger

Reconocido músico de jazz fusión, Jorge Migoya tiene una vida hecha en París, Francia. Llegó con lo puesto a fines de los setenta y literalmente hizo de todo para sobrevivir: desde dormir en las plazas o las catedrales hasta tocar en bandas de cabaret. “Emigré solo, sin nadie que me acompañara y sin pasaje de vuelta. Y menos mal: si lo hubiera tenido seguramente me habría vuelto a la dos semanas”, cuenta hoy que las cosas son bien distintas. Y es que después de asentarse en la escena parisina y desarrollar una activa carrera solista, para Migoya llegó el tiempo de cosechar. Primero con la reedición hace tres años de Elefantes, disco apreciado de la escena de jazz rock y fusión que grabó para Melopea en 1990 (en una de sus breves visitas al país). Y, ahora, con la reedición de Síntesis, el disco homónimo del grupo progresivo que supo liderar a mediados de los setenta y que con el tiempo se convirtió en una pieza colección para los aficionados al rock nacional primigenio. Pero también para muchos nuevos escuchas de hoy, que lo descubrieron vía YouTube y llenaron de visitas y comentarios el posteo, para sorpresa del propio Migoya.

“Un día estaba conversando con un amigo que me pregunta si ese grupo que había formado en Argentina se llamaba Síntesis. ‘Sí’, le digo, ‘¿por qué?’. ‘Porque está en internet y es un pequeño boom’, me contestó. Y ahí fui a ver y descubrí que era verdad: que alguien lo había subido y que había un montón de gente escuchando y comentando”. Para Migoya fue impactante. No sólo significó volver a tomar contacto con un disco que más allá del cariño tenía sepultado en su memoria sino también tomar conciencia de que aquella música podía ser valorada en sus propios términos hoy. “En los ochenta, mucha música de los setenta que habíamos hecho o nos gustaba fue olvidada. Pasó a ser mala palabra. Pero hay parece haber nuevas generaciones que la están revalorizando. Y no desde la nostalgia sino desde un gusto actual, vigente”, señala contento.

Síntesis, que tuvo su origen en Rosario y se conformó como un grupo enteramente instrumental (una rareza, incluso para los parámetros progresivos locales de esos años) tuvo también la particularidad de grabar su único disco el mismo día en que la última dictadura se dio a conocer. “La grabación duró dos días: 24 y 25 de marzo de 1976. Y recuerdo que el primer día, cuando hicimos un alto para almorzar, en la tele del bar anunciaron el Golpe y empezaron desfilar los tanques. Para nosotros fue un shock. Era la primera vez que íbamos con la banda a Buenos Aires. Y éramos muy jóvenes, recién teníamos 19 años. Y no imaginábamos todo lo que iba a suceder después. Aunque sin duda nos impactó”.

Previo a ese bautismo “de fuego”, Síntesis construyó una carrera como tantos otros grupos de aquella época: arrancaron con mucha espontaneidad juntándose en casa de amigos “a ver qué salía” y terminaron elaborando un música que si bien dialogaba con la complejidad en boga de los setenta aportaba un toque personal a partir de vincular tendencias musicales casi opuestas. “Por eso Síntesis –devela Migoya– porque los tres veníamos de mundos muy diferentes: yo estaba más enganchado con la música clásica mientras que el batero Julio Cusmai era más rock y el bajista Juan Ricci le tiraba más el jazz-rock de Weather Report y Chick Corea. Mis composiciones, entonces, servían como catalizador para unir esas fuerzas dispares”.

Escuchado desde hoy, el disco debut –con títulos ingeniosos y poco solemnes como “Lo obvio según yo”, “La necesidad de amar… a veces” o “Todo lo necesario para lo necesario”– está impregnado sin duda de ese zeitgeist progresivo que entre círculos estimulados de clase media de los setenta era un lugar común al mismo tiempo que un disfrute real. Pasajes con rítmicas intrincadas y mucho punteo de guitarra (esos serían los momentos más afines al rock nacional contemporáneo) mechados con otros en principio más áridos donde el inesperado protagonismo de clarinetes, saxos, violines y flautas traversas desconciertan para bien: no es sólo barroco, no es sólo jazz-rock, no es sólo música progresiva sino tal vez una mezcla a tientas y bastante desprejuiciada de todo eso.

“Pienso que nos diferenciábamos de otros grupos de la corriente progresiva como Alas, que por supuesto me gustaban, porque no teníamos un programa. Lo de ser instrumentales era porque ninguno sabía cantar, entonces ninguno cantaba. Y lo de sumar de vientos y cuerdas, que nos daban un entramado musical muy particular, fue porque yo estudiaba composición en la Escuela de Música de Rosario y al año de formarnos ya estábamos incorporando gente de ahí que manejaba esos instrumentos y me permitía poner en práctica lo que había ido aprendiendo”, sostiene Migoya coincidiendo con la idea de que había una aproximación intuitiva de parte de la banda para lograr esa música compleja. Tal vez la razón que explica que el disco mantenga su gracia hoy.

“Nuestro fuerte era el vivo”, señala quien con Síntesis tocaba en lugares como la Sala de Bolsillo de la calle San Lorenzo, la Fundación Asteco y la Biblioteca Argentina de Rosario. Siempre con un público entre rockero e intelectual-universitario como puede deducirse de las fotos que se conservan de la banda (un look bien setentoso de jeans gastados y cabelleras libres que no hubiera desentonado en ningún BA Rock) y del propio arte de tapa, muy en la línea de ciencia ficción piscodélica de las portadas de Yes (aunque en Síntesis había un elemento de improvisación y fusión por el lado del clarinete y el saxo que era inexistente en esa banda). “Llevábamos entre 600 y 700 personas y llegamos a compartir fecha con Polifemo, una vez que vinieron a Rosario. Tuvimos una linda charla con David Lebón en la previa”, rememora, al mismo tiempo que se lamenta de una fallida fecha conjunta con Invisible. “El productor local sufrió la censura con el afiche de Durazno sangrando, que tenía un doble sentido, y no pudo ser”, dice. Y deja un balance agridulce sobre aquellos años: “Por un lado estaba muy presente la oscuridad y la sensación de opresión de los militares. Pero por el otro eran años de un consumo sofisticado que tenía mucho espacio en las radios y los medios de comunicación. La gente que no quería escuchar lo comercial se volcaba en masa a la música progresiva. Y eso después ya no volvió a suceder”.

Dada la valoración y el culto aficionado que con los años recibió el disco llama la atención que Síntesis no haya llegado a tocar nunca en Buenos Aires. “Al poco tiempo que salió el disco, bancado por un sello que se dedicaba al circuito de la cumbia, me tocó hacer la colimba. Así que no lo pudimos defender como corresponde. Después cuando salí, sí, hicimos algunos shows. Pero al poco tiempo conseguí una plata importante gracias a un trabajo de producción que conseguí. Y para el ‘78 ya me estaba yendo a Francia”, cuenta Migoya que tiene recuerdos muy hondos de aquellos primeros años de su nueva vida. “Me caí del avión. Era muy joven. Hice cosas que diez años después seguramente no hubiese hecho”, dice sobre su iniciación parisina durante la cual se convirtió prácticamente en un linyera: “Dormía en la catedral de Notre Dame, me metía de intruso en los hoteles para poder bañarme, vagaba de acá para allá”, relata y recuerda que si bien había una diáspora argentina él no la frecuentaba: “Yo no era un exiliado político, me había venido a París pero no porque me persiguiera la dictadura como a tantos otros sino porque pensaba que acá el pasto crecía más verde. Luego entendí que no era así, que no era que en París, Londres o cualquier otra ciudad del mundo el pasto ‘creciera más verde’ sino que era uno mismo el que, en definitiva, lograba eso sucediera. Pero lo comprendí mucho después”.

En el mientras tanto, Migoya le mentía a sus padres (“Cada vez que hablaba con ellos les decía que estaba bien, durmiendo en hoteles, adaptándome bien a la ciudad, porque si les decía la verdad capaz que me mandaban el pasaje de vuelta y me hacían regresar”) y se juramentaba una promesa. “Me dije: si voy a morirme de hambre, voy a morirme en París. Le veía hasta algo romántico. Tenía 22 años”, se excusa. La salvación vino por el lado de otros inmigrantes como él. “Me hice amigo de un inglés y de un estadounidense que estaban en una situación parecida. Ellos me hablaron de una reunión de músicos extranjeros, una zapada. Y ahí conocí a un belga que me iba a dejar su puesto en la banda de un cabaret porque se volvía a su país. Fue un mes en el que estuve yendo al cabaret a ensayar pero sin decirles de mi situación porque no me iban a aceptar. Era el único momento en que podía estar calefaccionado”. Migoya finalmente consiguió el puesto y hacerse de una mínima estabilidad (“El primer día que cobré me pagué una noche en un hotel y no lo podía creer: era como si hubiera vuelto a la vida. Me sentía millonario”) que terminó redundando con el correr de los años en su desarrollo como músico partícipe de la escena de jazz-fusión francesa.

¿Te preguntaste por qué llegaste a tomar esa decisión tan drástica de irte a vivir afuera cuando no estabas obligado a hacerlo?

–Es verdad: en Buenos Aires tenía una banda, salía en la radio, me valoraban como productor. De alguna forma me la creía. Y en Francia era realmente nadie. Era ser vos con vos mismo. Tuve que volver a nacer. Y lo logré creyendo en mí. Tratando de encontrar soluciones día a día. Y no volviendo a saber durante muchos años de la Argentina. No pensaba en ningún momento en mí país porque el desarraigo era muy fuerte. Recién pude volver a conectarme y volver cuando ya había logrado algo. Y creo que tomé aquella decisión por eso, para realizarme como persona.

El retorno musical se concretó casi una década después con la ya comentada grabación de Elefantes en Melopea. Y luego, en los últimos años, con un cada vez más frecuente ida y vuelta entre París y Rosario. “La reedición tanto de Síntesis como de Elefantes por parte de BlueArt hizo que me reconectara con esa música que tenía algo sepultada. Me di cuenta que ambos discos, además de tener puntos en común, contienen el germen de lo que hice después. Siento que puedo reivindicarlos”.

Síntesis fue reeditado por el sello BlueArt utilizando las cintas originales y manteniendo el arte de tapa. El CD incluye un bonus track y la recuperación de fotos inéditas.

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Homenaje a Gato Barbieri en Rosario

Con la muerte de Leandro “Gato” Barbieri ha desaparecido sin dudas, el músico de jazz de mayor trascendencia internacional que ha dado la Argentina.

Néstor Astarita, que tocó con él, Baby López Furst, Fats Fernández y Mono
Villegas, y en el recordado trío de Litto Nebbia, entre tantos otros, llega a
Rosario a presentar el homenaje a su amigo.
Casi ciego y con una memoria a veces oscilante, Gato Barbieri pudo darse el
gusto de grabar su último disco “New York Meeting” junto a uno de sus más
entrañables amigos, Néstor Astarita. Con el impulso de ese gran productor que
es Nebbia se reunieron en los estudios de grabación de Nueva York junto al
pianista y arreglador Carlos Franzetti y al contrabajista estadounidense David
Fink.
El espectáculo que se presentará en Rosario el sábado 13 de agosto, en
Plataforma Lavardén, evoca ese encuentro compartiendo recuerdos y palabras
en primera persona del inmenso saxo tenor argentino.
Astarita estará acompañado por los talentosos músicos porteños Bernardo Baraj en saxo, Alejandro Kalinoski en piano y Juan Bayón en contrabajo.

 

Entradas anticipadas a $ 100 en boletería del Teatro (Sarmiento y Mendoza)

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“Está muy bien”

Po Marcelo Morales

No hemos realizado una estadística pero, seguramente, deben ser mayoría los pianistas de jazz que en algún momento de su carrera han concretado la realización de un álbum en solitario. Al menos de aquellos que han sido (o son) líderes o referentes. Mucho se ha hablado y escrito al respecto y cada uno de los músicos tiene sus razones para llevar a cabo dicha experiencia. Hay quienes se dedican a reinterpretar standards, los que ofrecen material propio, los que versionan composiciones de otros estilos… el panorama es amplio y no permite (ni es conveniente) generalizar al respecto.

Luego viene la manera en que el artista encara su aventura en soledad y, permítame decirlo, en general no suele haber una intención por transitar zonas de riesgo artístico, sino que, más bien, se cae en lo remanido, en lo previsible. Esto, al menos, en los últimos años donde los pianistas parecieran sentir una obligación por expresarse en soledad como si se tratara de una materia que, sí o sí, hay que rendir como sea.

Se deduce, por supuesto, que existen álbumes extraordinarios y otros prescindibles. Yo mismo, a pesar de mis enormes reparos, tengo unos cuantos que me provocan un singular placer. Y muchos otros que, al escucharlos, hacen que me pregunte: “¿para qué?, ¿con qué necesidad?”

 

El pianista argentino Eduardo Elia se decidió a abordar el encuentro con la única compañía de su instrumento luego de 4 álbumes: Callado (2008, en cuarteto), El yang y el yang (2011, en trío), We See (2012, a dúo con el contrabajista Cristian Andrada) y Figuras de un solo trazo(2015, nuevamente en trío). Solo fue registrado en una sesión realizada el 19 de diciembre de 2015 en el Instituto Italiano de Cultura de la Ciudad de Córdoba (Argentina) y fue editado por el sello rosarino BlueArt, como todas sus entregas anteriormente mencionadas.

Alejado del onanismo interpretativo de unos cuantos, Elia apuesta a la –bienvenida- síntesis donde tal vez la excepción sea el tema de apertura, una sentida rendición de la exquisita Circles, composición de Miles Davis incluida en Miles Smiles (1967) uno de los celebrados álbumes de lo que suele denominarse el “segundo quinteto” del trompetista donde lo acompañaba un verdadero seleccionado (Shorter, Williams, Carter, Hancock). Un enfoque introspectivo, ascético y a la vez entrelazado con luminosos destellos que lo separan y distinguen del original, de tono más apagado –salvo por la trompeta asordinada del comienzo-.

Notorio contraste es el que se produce con Round Trip, de Ornette Coleman (New York Is Now!, 1967); el desquicio free-bopiano entregado por el saxofonista con su cuarteto, se transforma aquí en un territorio mucho más cercano al espíritu monkiano desde el mismo inicio en una relectura espléndida. Speak No Evil, del álbum homónimo del saxofonista Wayne Shorter (1964), es otro gran ejemplo de cómo reversionar una gran composición respetando ciertos patrones pero con la mano izquierda forzando un slow tempo mientras la derecha parece inmersa en la búsqueda constante de una melodía –aparentemente- esquiva. Una idea, la primera de las tres piezas de Elia incluidas en el álbum, comienza de manera sutil, exploratoria, para ir luego creciendo paulatinamente en vértigo e intensidad con un generoso derroche de técnica, energía y creatividad. Breve y contundente es la rendición de Giant Steps de John Coltrane en contraposición con el espíritu reflexivo imperante en Toy Tune, que Wayne Shorter incluyera enEtcetera (1964, junto a Cecil McBee, Joe Chambers y Herbie Hancock). La síntesis regresa para una exquisita y por momentos demoníaca relectura de Evidence (Monk) y una contrastante y litúrgica Peace (Ornette Coleman).

A continuación, otras dos composiciones de EliaWertic (originalmente incluida en El yang y el yang) asoma como uno de los momentos culminantes de Solo gracias a su inventiva, luminosidad y espíritu lúdico y lúcido; en tanto que Pasajero frecuente (preexistente en Figuras de un solo trazo) destila posibles vías de escape ante una situación tensa, intensa y laberíntica. El final, en tanto, es con Virgo (de Wayne Shorter, del disco Night Dreamer, 1964), delicada, refinada y con aires de réquiem.

 

El pianista argentino Eduardo Elia brinda, en Solo, un álbum que exige del oyente un compromiso profundo que se ve recompensado por las muchas bondades existentes y sutilezas que van revelándose en las sucesivas audiciones.

Eduardo Elia ya ha dejado de ser un pianista con un futuro auspicioso.

Su futuro, ya llegó.

 

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Dos Leyendas del Jazz y el Rock en Rosario

¿Qué decir de Chester Thompson, el mítico baterista de Frank Zappa, Génesis y Phil Collins? ¿Y de Alphonso Johnson,  uno de los bajistas más representativos de la escena internacional? Ambos grabaron nada menos que en el disco  “Black Market” de Weather Report, el grupo que revolucionó el jazz rock. Lo nuevo es que se han unido para iniciar una gira por Sudamérica y el 5 de agosto los encontrará tocando junto al tecladista Gary Fukushima y el guitarrista Federico Ramos, en la sala Lavardén de Rosario.

Del jazz (Weather Report) al rock (Frank Zappa and the Mothers, Genesis),  al Pop (Phil Collins) Chester Thompson sobrepasó los límites de los géneros musicales. Sus actuaciones y grabaciones han influido en más de tres décadas de música y músicos. Ya sea tocando batería o percusión, las sutilezas magistrales y el tiempo inflexible crearon una base musical sólida para cualquier género musical. Desde 1998 enseña batería en la Belmont University.  ¡Tiene fanáticos en todo el mundo!
Alphonso Johnson es uno de los bajistas pioneros en la historia del funk-fusion que estableció el sonido de una época.  Bajista de Weather Report hasta que fue reemplazado por Jaco Pastoious, luego tocó  con Billy Cobham,  Santana y  grabó el bajo de “Man in the Mirror” de Michael Jackson. Su actividad como músico de sesión lo llevó a acompañar a los más grandes nombres de la escena del jazz contemporáneo: Wayne Shorter, Flora Purim, Quincy Jones, Lee Ritenour, The Crusaders, John McLaughlin y Sarah Vaughan.  A este impresionante currículum de colaboraciones hay que añadir la intensa actividad docente que ha ejercido en algunas de las más prestigiosas academias de música moderna del mundo.

Llegan a Rosario por primera vez junto al tecladista norteamericano Gary Fukushima  y el guitarrista uruguayo radicado en Los Angeles, Federico Ramos. El recital será el viernes 5 de agosto, a las 21.30, con entradas anticipadas limitadas a $250, que pueden adquirirse ya en Rioja 1070, boletería de la sala y en www.ticketek.com.ar

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La MusiMedios Big Band pide pista (Punto Biz)

 

Con el patrocinio de la FundaciónMusiMedios, Rosario tiene una nueva agrupación musical denominada “LaMusiMedios Big Band, que hará su debutel próximo 20 de noviembre, a las 21, con un concierto en el auditorio “Príncipe de Asturias” del Centro Cultural del Parque de España.

La MusiMedios Big Band cuenta con la dirección de Sebastián Tesei y lacodirección de Kimey Gómez. La agrupación difundirá repertorios clásicos de este tipo de formaciones, pero pondrá énfasis en las obras de autores argentinos y latinoamericanos, razón por la cual se han encargado arreglos originales a importantes músicos del orden local y nacional, entre ellos Leonel LúquezWalter Nebreda, Luis Baeti, Nicolás Guershberg y Néstor Gómez.

La Big Band está compuesta por Quimey Gómez y Maximiliano Pucharcosen saxos altos; Iván Rosiansky y Guido Cirione saxos tenores; Lara Sessoen saxo barítono; Juan Ignacio Fermani, Rodrigo Calvagna, Manuel Fuertes y Juan Arditti en trompetas; Andrés Riba, Sebastián Portaneri, Juan CarlosVillanueva y Hernán Biancardi en trombones; Marcos Ortiz en bajo eléctrico; Francisco Fenoglio en contrabajo; Francisco Batista en guitarra eléctrica; Lucas Polichiso en piano y Gerónimo Mangini en batería. A los fines de completar el repertorio se sumarán las cantantes Flor JurnetMeliLópez, Soledad Gauna y Rodrigo Abecasis.

El concierto de presentación será el 20 de noviembre, a las 21, en el auditorio “Príncipe de Asturias” del Centro Cultural del Parque de España, Sarmiento y el río. Las entradas tienen un valor de 50 pesos y se pueden adquirir en la sede de MusiMedios, Juan Manuel de Rosas 1411 de 16 y 21 hs.

“El proyecto tiene como objetivo la creación de una Big Band en la cual se considere a los jóvenes como los protagonistas y benefi­ciarios primeros de dicha actividad, que además represente a la Fundación en distintos eventos comunitarios y genere sus propias producciones”, explicó Hugo Vitantonio, director ejecutivo de la escuela de música.

“Se busca que los alumnos e integrantes valoren su identidad cultural, disfruten de las manifestaciones artísticas, aprecien el lenguaje de la música como vía de expresión y, de modo muy especial, valoren el trabajo cooperativo y tengan una buena disposición para acordar, aceptar y respetar las reglas de funcionamiento necesarias para el éxito de una organización”, remarcó Vitantonio.

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Serenidad e inspiración (Clarín)

 

El cuarteto formado por Ernesto Jodos (piano), Rodrigo Domínguez (saxo tenor), Javier Moreno (contrabajo) y Sergio Verdinelli (batería) acaba de editar un CD con el título Relojeros (ya no quedan). La alusión se completa con la gráfica del álbum, consagrada al relojero y sus preciosos mecanismos.

Al ver el disco uno tiende a pensar que ese título es el nombre de una de las piezas, pero no es así. Acaso sea simplemente el tributo a un bello oficio en retirada, aunque si ese nombre cobrase en este álbum un sentido metafórico, habría que atribuirlo a cierta cualidad de serenidad. Al menos eso es lo que trasunta el tema de apertura, Ahora después, que firma Domínguez; una pieza lírica que fluye con mucha libertad y que el saxofonista entona con una emisión bellamente aireada. Recién al pasar el último tercio se define un motivo propiamente dicho, como si se tratase de un tema con variaciones al revés (las variaciones al comienzo y el tema al final).

El álbum comprende siete composiciones de los distintos miembros del cuarteto, más un arreglo de una de las Folk Songs de Luciano Berio; Black is the color, que se canta desde hace un siglo en los Estados Unidos y que probablemente sea de origen escocés. El arreglo de Moreno se inspira en una fina idea de Berio, que es el acompañamiento de la viola; sólo que Moreno transforma el instrumento de cuerda en voz principal, confiada en este caso al contrabajo. Black is the color queda como una melodía murmurada sobre la que se desarrollan inspiradas paráfrasis y variaciones del piano, el saxo y el contrabajo con arco.

El de Relojeros no es un cuarteto de jazz convencional, ni los instrumentistas se reparten los solos llegado el turno. La batería, por ejemplo, tiene un único y breve solo en todo el disco; es en el comienzo de la pieza seis, Nasty, que también firma Domínguez y que parece retomar una idea melódica de Rock, otra de sus composiciones en este álbum, para desarrollarla desde una perspectiva diferente. “Nasty” es un término que en castellano podría traducirse por “repugnante”, pero sin duda es uno de los momentos más inspirados de este álbum.

Hay momentos que dan la idea de una improvisación radical, como en la primera parte de LI#9, de Jodos, donde el cuarteto parece guiado por una atractiva paradoja: cada uno parece ir por su lado pero a la vez todos parecen guiados por una especie de mimetismo instrumental, como si de pronto el piano quisiese fundirse con el contrabajo y viceversa.