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“Los tangos y los días”, un lanzamiento del dúo Data-Tejeda veinte años después (La Capital)

por Gastón Bozzano

Es mediados de 1996 y el tango en Rosario está próximo a reinventarse. Pero no aún. Eso sucederá en el transcurso de los años que siguen. Por entonces en la ciudad todavía no está el enjambre de orquestas buscando dónde presentarse, tampoco las decenas de jóvenes bandoneonistas dispuestos a comerse el mundo en una noche, menos aún el fulgor de las milongas, y no existen, literalmente, ediciones discográficas de producciones tangueras contemporáneas.

En aquellas noches de ese paisaje finisecular, el gigante Domingo Federico recién empieza a ver los primeros brotes verdes de su cátedra de bandoneón, creada en 1993 en la Escuela de Música de la UNR (una suerte de útero desde el cual se alumbrará toda una generación de músicos en los años subsiguientes). Es un momento de crisis para el tango rosarino en términos estéticos, una geografía donde lo nuevo aún no ha llegado y lo viejo no termina de irse. En ese contexto histórico y astral el guitarrista Gabriel Data y el pianista Alejandro Tejeda se dispusieron a grabar un disco de tangos. Se trata de “Los tangos y los días” (BlueArt Records), que constituye una singular marca de época y, si de particularidades se trata, hay que sumar esta otra: se publica recién por estos días, casi veinte años después de haber sido grabado.

El Dúo Data-Tejeda -conocido por entonces en Rosario desde su debut en 1989- grabó el disco en los estudios Big Audio, de calle Moreno al 1600, en el fugaz sistema A-Dat (los viejos dispositivos de videocasetes); la grabación fue salvada en un Dat (el diminuto casete digital) y alguien, luego de unos años, hizo afortunadamente una copia en CD que terminó guardada en un ropero familiar. Dos décadas después la copia fue hallada azarosamente, su contenido remasterizado, y hoy esas músicas ven la luz y se disponen a ser compartidas.

Años de poco tango. “Estuvimos fuera de época: cuando nosotros dejamos de tocar apareció todo lo otro, empezó a explotar el tango en Rosario”, dice ahora, entre risas, Alejandro Tejeda. “En ese momento no había ni un joven bandoneonista tocando en la ciudad”, apunta Gabriel Data, un dato contrastante con los tiempos actuales. “Han pasado veinte años pero podemos decir con convicción que hay un trabajo muy honesto detrás de todo esto, y además mucho: ensayábamos toda la semana y buscábamos un sonido, una forma. Desde luego, algunas cosas no venían del lenguaje tanguero, yo nunca fui un estudioso del tango, y también eso marca lo que hicimos”, dice Tejeda.

Quizás por todo ese contexto y por la osadía de los músicos, “Los tangos y los días” resulta una obra sostenida por matices y originalidades. El dúo no tiene la impronta del legendario Salgán-De Lío, y no sólo porque Gabriel Data tocó una guitarra con cuerdas de nailon (a diferencia de De Lío, que pulsaba cuerdas metálicas), sino por la aproximación interpretativa a cada una de las piezas. En los once tracks, que arrancan con “A Don Agustín Bardi” y concluyen con “Tinta Roja”, el dúo da cuenta de un diálogo que parece no tener final: hasta la conclusión de cada pieza, un eterno contrapunto.

“Sí, la particularidad del dúo era la forma de diálogo -señala Data-. Por momentos el arreglo no está nunca quieto, hay mucho contrapunto y el tema está repartido. La música se junta y se separa todo el tiempo. Lo interesante es cómo se relacionan los dos instrumentos, y eso es algo que se fue dando: no había una forma de llevar el tema de modo preestablecido. Yo, sobre todo, escribía después algunas cosas, pero nada más para no olvidar lo que habíamos tocado en el ensayo. Y habíamos incorporado también la improvisación, algo no común en el tango”.

“Había muy pocas cosas escritas, cambiábamos ideas y tocábamos. Hay arreglos que son de ambos y algunos individuales; claro que teníamos a Salgán-De Lío como referencia, pero ni podíamos llegar a ese nivel ni queríamos parecernos a ellos, lo nuestro era todo muy inconsciente”, dice Tejeda. A propósito de las inquietudes en las que reparaban, Gabriel Data agrega: “A veces nos deteníamos en un acorde y yo lo armaba en la guitarra de manera que se empastara mejor con la mano izquierda del piano; o sea: explorábamos por otro lado, no estaba el arreglo escrito desde el vamos. Nuestro punto de partida era una partitura conseguida en las casas de música locales”.

Con esos materiales (una partitura conseguida y el recuerdo sonoro que ambos tenían de los temas que elegían) y ese procedimiento (juntarse a tocar) el dúo Data-Tejeda comenzó su camino en 1989. Lo hizo en la Sala de la Cooperación en un festival de la revista Hipótesis que dirigía Eduardo Aliverti, y en esa ocasión compartió escenario con Tangata, un grupo de mujeres que también interpretaban tango entre las que se contaban Alicia Petronilli en bandoneón y Adriana Notta en guitarra. El Berlín, La Muestra y el Centro Cultural Bernardino Rivadavia fueron algunos de los lugares donde el dúo dejaría su huella en los años que seguirían; también en la Bienal de Arte Joven Rosario Imagina de 1990, donde fue distinguido (“Nos distinguieron sí, pero ya no éramos tan jóvenes”, bromea Tejeda). El grupo dejó de tocar en 1997, año en el que concluyó también la grabación que ahora se edita. Entre nostalgias, Alejandro Tejeda medita: “Me pregunto muchas veces por qué no seguí tocando estos tangos, pero así fue. El disco en algún punto es también el dolor de lo que no pudo ser. Pero reitero, es un material valioso”.

“Los tangos y los días” es un material valioso, pero no sólo porque se trata de un registro de época, siempre requerido y funcional a la escritura de la Historia, sino porque es una música que sensibiliza por su audacia, su picardía, y por la entrega de dos músicos en aquel entonces, sin prejuicios, para el abordaje de un género que los emocionaba. Las versiones de “Nocturna”, “Milonga de mis amores” y “Tinta Roja” dan cuenta de ello. Apenas unos años después de la grabación de este CD, el tango de Rosario, otra vez, reclamaría para sí todo su esplendor.

Piano histórico

Detrás de la grabación de “Los tangos y los días” hay un piano con historia. Unos años antes de 1996, Alejandro Tejeda trabajaba en el noviciado que estaba ubicado en la intersección de Moreno y Ocampo, donde daba clases de música. Allí, en una pieza, había un piano: un Steinway & Sons de media cola, propiedad de un médico de la ciudad. “Un tiempo después le comenté esto a Alberto Gollán (a la sazón titular de los estudios Big Audio Records) porque él estaba a la búsqueda del piano que había sido de su abuelo, y resultó ser este. Finalmente lo compró, el piano fue restaurado y afinado por Carmelo Miele y Guido Maranzana, y fue la nota distintiva en los estudios Big Audio, donde grabamos el disco”, comenta ahora Tejeda. Gollán supo enseguida por qué ese era el mueble musical de su abuelo, y no otro: ese piano tiene las firmas, las marcas, las rayas hechas autográfos, de leyendas que alguna vez visitaron la ciudad y lo tocaron. Entre estas firmas están las de Igor Stravinsky y Claudio Arrau.

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Próximo lanzamiento: Mauro Ramos interpreta a Fito Páez

El santafesino Mauro Ramos reversiona, solo con su guitarra, los clásicos de Fito Páez.

El resultado es un toque sorprendente de esos temas que sabemos todos.
“La rueda mágica” Rock abril 2017 BARCD 181

Ver videos:
Tumbas 
https://www.youtube.com/watch?v=0PghuwXPrBY&feature=youtu.be
Yo vengo a ofrecer
https://www.youtube.com/watch?v=k3fBmtsO5vs&feature=youtu.be

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Próximo lanzamiento: “Los tangos y los días”

El guitarrista Gabriel Data y el pianista Alejandro Tejeda grabaron hace 20 años un disco de tangos. Se trata de un
material valioso que se edita por primera vez. No sólo es un registro de época en Rosario sino de una música que
sensibiliza por su audacia, su picardía, y por la entrega de dos músicos en aquel entonces, sin prejuicios, para el
abordaje de un género que los emocionaba. Las versiones de “Nocturna”, “Milonga de mis amores” y “Tinta Roja” dan cuenta de ello.

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Luis Fuster presenta su disco solista

 

Luis Fuster, uno de los más importantes guitarristas de fusión de rock-blues-jazz de Rosario, presenta su disco “Hacia mí” (BlueArt, 2017) junto a un verdadero seleccionado de músicos como Alvaro Manzanero (batería), Palmo Addario (guitarra), Tutu Rufus (bajo) y Coco Maskivker y Leonel Lúquez (teclados). El concierto se realizará el viernes 17 de marzo a las 21.30 en la terraza de Plataforma Lavardén, Mendoza y Sarmiento.

Entre los músicos invitados estarán Claudio Cardone (teclados), Andrés Ludmer (guitarra), Jazmín Rivarola y Melania Montalto (voces), Roberto “Negro” Ceballos (saxo) y Javier Valderrama (flauta).

Las entradas generales cuestan $200 y se venden en la boletería del teatro.

Fuster estudió con Gustavo Sadofschi (ex guitarrista de Pedro Aznar), Armando Alonso y actualmente blues y jazz con Rafael Nasta. Participó de las grabaciones de los discos de Certamente Roma (“Después de la guerra”); Fabián Gallardo (“Lejos de la ciencia”); 3+1 Jazz Rock (“Dominó”, ganador concurso Municipalidad 2010); Palmo Addario-Luis Fuster (EP instrumental aún no editado); Jazmín Rivarola (“Many the miles”), G11 (selección de guitarristas Rosario). Ha colaborado, además, con Fito Páez y Rubén Goldín, entre otros músicos.



“Este disco fue un gran aprendizaje, un proceso hermoso y brillante, un compendio de emociones y experiencias plasmadas en melodías, donde pude tomar aquellas sensaciones que nacieron de mi tránsito por aquí y transformarlas en canciones. Cada músico las pintó con su arte y la sensibilidad de Palmo le aportó el punto justo a todos los colores aquí propuestos”. L. F.

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“El disco refleja un momento especial” (Rosario/12)

por Edgardo Pérez Castillo

Además de verse atravesado por las músicas que transitó en sus múltiples proyectos previos, Hacia mí, el flamante disco de Luis Fuster está marcado por los vínculos logrados en ese recorrido artístico. Porque si bien aparecen allí la búsqueda melódica de la canción, el filo y la contundencia del rock, la cadencia del blues y la espontaneidad e imprevisibilidad del jazz, en su nuevo disco el guitarrista rosarino hace un tributo a la amistad y las afinidades musicales.

Fue precisamente ése el factor común el que Fuster tomó como norte junto al también guitarrista Palmo Addario, productor del disco que, editado por BlueArt, esta noche tendrá su presentación oficial en Plataforma Lavardén (a las 21.30 en la Terraza de la Cúpula, Mendoza 1085). “Yo tenía las maquetas, con melodía y armonía, para unos 20 temas. Con eso fui y le pregunté a Palmo: ‘¿Te gustaría que hagamos algo con amigos, que vaya de la canción hasta el smooth jazz?’. Palmo me dijo que sí, elegimos diez temas y de ahí partió todo”, grafica Fuster, que a partir de ese momento comenzó a contactar a músicos “de distintos palos, del jazz, del rock, el blues, el soul, la canción”. El siguiente paso fue enviarles las bases e ideas sobre las que harían su aporte. Y si bien la característica de cada invitado invitaba a presuponer hacia dónde irían sus intervenciones, Fuster dejó el margen suficiente para que pudieran dejar su huella en las obras. “Justamente lo que quería era éso, darle una espontaneidad –admite–. Armé la melodía, la armonía y algunos arreglos, pero quería otra oreja, entonces con esa idea fui a pedirle su opinión a Palmo. Después entre los dos elegimos los músicos y a ellos le dejamos lugar para los solos, para que hicieran arreglos, para que aportaran”.

Al recorrer Hacia mí se hace evidente que el mecanismo resultó efectivo: en paralelo con la heterogeneidad estilística, las obras de Fuster responden a una unidad estética propia de una banda estable. “Me sorprendió la conexión que hubo –reconoce el compositor–. Los músicos interpretaban perfectamente el espíritu de la canción. Me sorprendió esa conexión, porque es muy variado, del disco participaron 14 músicos. Necesitábamos esa conexión, porque sino se iba para cualquier lado”.

Hoy, en el piso superior de Plataforma Lavardén, una docena de esos músicos participarán de la presentación oficial del disco: junto a Fuster subirán a escena Palmo Addario (guitarra), Coco Maskivker y Leonel Lúquez (teclados), Alvaro Manzanero (batería) y Tutu Rufus (bajo) tendrán participación constante, sumando como invitados especiales a Claudio Cardone (teclados), Andrés Ludmer (guitarra), Jazmín Rivarola y Melania Montalto (voces), Roberto “Negro” Ceballos (saxo) y Javier Valderrama (flauta).

Luego de haber dejado su sello en discos como Después de la guerra (Certamente Roma), Lejos de la ciencia (Fabián Gallardo), Dominó (del grupo 3+1 Jazz Rock, publicado en 2010 luego de ganar en el Concurso de Coproducciones de la Editorial Municipal), Many the miles (de Jazmín Rivarola) y G11 (junto a una selección de guitarristas locales), en Hacia mí Fuster encuentra una identificación con su presente artístico. “He tocado mucho rock, blues, bastante jazz-rock. De hecho en 2010 con Palmo grabamos en su estudio Dominó, que es de jazz rock pero es otra escuela, no tiene nada que ver con este nuevo disco. Hacia mí refleja un momento especial. Generalmente las canciones salieron de momentos especiales, asociados a imágenes. A mí las emociones se me transforman en imágenes, como creo a la mayoría de las personas, y es desde ese momento que puedo bajar ideas al instrumento. El disco en realidad resume momentos, emociones, transformadas en imágenes y después en música. Por eso es tan variado”, analiza el compositor, y concluye: “Hay mucha canción, no es un disco de hard-rock ni tampoco de baladas románticas. Es bastante ecléctico, con una línea más bien tranquila. Aún con sus picos de intensidad, no es un disco típico de un guitarrista, donde estás tocando a 250 kilómetros por hora de principio a fin. No es ese concepto, mi idea fue poder plasmar esas sensaciones en música, a través de amigos que conectan en la misma vibración”.

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Los paisajes de Fuster (El Ciudadano)

por Javier Hernández

Intenso y melódico son dos emociones que pueden definir Hacia mí, flamante disco del guitarrista y compositor Luis Fuster que acaba de publicar a través del sello rosarino BlueArt y que, este viernes, a las 21.30, dará a conocer con un concierto en la Terraza de la Cúpula de Plataforma Lavardén (Sarmiento y Mendoza).

Fuster encuentra en la música un lugar donde volcar sus inquietudes en forma de preguntas y, ocasionalmente, en ese proceso, conjeturar respuestas. Lo hace en Hacia mí abriendo un escenario configurado por el espacio, el tiempo y la velocidad. Tres aspectos que, combinados, lo expulsan a una tierra (externa) muy inestable, donde los paisajes van pasando ante sus ojos protagonistas y la sensación que plantean, de aparente verdad revelada, le requieren nuevas preguntas que lo transportan al otro extremo, a su más profunda intimidad.

La diversidad de formas y sentidos melódicos y rítmicos que adopta Fuster en esta obra, que contó con la producción, grabación, mezcla y masterización de Palmo Addario y la colaboración de un seleccionado de músicos, entre los que se cuentan Jota Morelli, Claudio Cardone, Coco Maskivker y Adrián Schinoff, lo llevan a pasar por una amplia gama de colores entre el blues, rock, funk y jazz, en una decena de canciones mayormente instrumentales que logran una síntesis perfecta entre virtuosismo y emoción.

En diálogo con El Ciudadano, el músico refirió algunas aproximaciones sobre este álbum que tocará junto con Palmo Addario, Tutu Rufus, Coco Maskivker y Leonel Lúquez.

—Es un disco muy intenso donde te permitís pasar por muchos lugares. Está muy presente la idea de viaje. ¿Recordás cuándo sacaste el pasaje y tomaste la decisión de comenzar ese viaje?

—A Palmo (Addario) lo conozco desde hace muchos años. Juntos hemos grabado muchas cosas. Yo siento a este disco como un proceso de maduración particular. Y el pasaje que vos decís, yo lo saqué cuando un día le dije a Palmo: tengo veinte maquetas (de canciones) y me gustaría que elijamos los mejores y me ayudes en la producción donde cada músico que sumemos pueda expresar lo que mejor le sale. El requisito, además, era que esos músicos fueran amigos. Entonces elegimos aquellos que nos parecía que mejor podían expresar la idea de cada tema. Ahí se armó este seleccionado.

—Le asignaste mucho valor a la amistad a la hora de haber pensado este disco.

—Siempre tiendo a la amistad. En otros discos que grabé o donde tuve la posibilidad de armar las cosas, busqué la amistad como un aditamento importante. En este disco quería hacer algo súper profesional, lo mejor que se pudiera, exigiéndonos al máximo. La amistad facilitó la conexión porque nos encontramos con los músicos a grabar y cruzábamos mates poniéndonos a hablar de la vida. Porque, además, el disco no fue algo netamente técnico.

—Esa sensibilidad se escucha, una fibra que expresás desde el título mismo del disco. Se trata de descifrar una respuesta (si es que existe) a través de canciones en su mayoría instrumentales…

—Justamente. Lo que pasa es que a mí no me sale escribir letras y no me salen melodías con voces. A mí me bajan ideas a partir de imágenes y sensaciones y a través de la guitarra. Entonces lo que hago cuando comienzo a sentir eso es encerrarme en el miniestudio que tengo en casa y grabar esas ideas. Este disco es el trabajo de dos años que fue madurando. Se grabó en poco tiempo, pero todo lo que es composición y arreglos llevaron mucho tiempo, porque lo quisimos hacer lo mejor posible.

—En cuanto a las sonoridades del disco, ¿habían surgido desde antes de la grabación?

—Es muy buena la pregunta porque en realidad a mí me sale una fusión de estilos –tocando no puedo decir que soy un guitarrista de blues, rock o jazz–, tengo una mezcla, estudié un poco de cada cosa y eso influye. Aparte me gusta esa fusión. Los temas originalmente tenían una impronta, unos un poquito más rockeros, otros un poquito más canción. Como las maquetas ya se venían perfilando, les dimos dirección a los músicos invitados para hacer las canciones y un poco también los arreglos y el espíritu del tema.

—Las canciones van in crescendo hasta llegar al final, donde virás el timón. No parece casualidad que termines con un tema (“Yendo hacia mí”) en donde casi te despojas de invitados.

—Sí. Como cuando terminás algo, estás llegando a tu casa y te vas sacando la ropa. O cuando te vas relajando. Incluso, la idea fue esa. Porque el «hacia mí» es justamente como el resumen de la cuestión. Y lo queríamos lo más natural posible, sin aditamentos extra. Tiene guitarra acústica, una guitarra eléctrica sin ningún tipo de distorsión ni nada, una batería muy simple y es lo que se escucha, nada más.

—¿Cómo será la presentación en vivo del disco?

—Muchos de los músicos que grabaron en el disco son sesionistas y no están en Rosario, viven en España y Estados Unidos, entre otros lugares; es muy difícil armar una banda y ensayar con gente que tiene una agenda tan apretada, casi que no se puede coincidir nunca. Jota (Morelli) tenía previsto estar, pero hace unos días le salió una gira por España con Los Enanitos Verdes y se tuvo que ir. Para mostrar el disco convoqué a los mejores músicos amigos de la ciudad.

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Saber cómo hacerlo (Rapto)

por José Luis Morelli

fotos: Renzo Leonard

En la nueva placa, editada por BlueArt Records, Fuster se pone codo a codo con las imágenes que su cabeza dibuja y traduce en el diapasón de su guitarra. Diez canciones que permiten un recorrido bellísimo entre solos de guitarras, teclados, algún saxo y flauta, pero con el aperitivo que tanto resaltó su protagonista: la sencillez y sensibilidad que fluyen tema a tema para recorrer las emociones que quedaran libradas a quien escuche. Un viaje que invita a mirarse dentro de uno  sin mediar ni una palabra. La potencialidad que solo tiene la música tocada desde el corazón.

Hacía mí

El mundo de lxs guitarristas tiene sus particularidades. Cada cual tiene su estilo, su manera de apreciar un disco, una canción o banda. Sus formas de relacionarse con el objeto también varían según la ocasión. No es lo mismo estudiar batería que tocar guitarra, de eso pueden testimoniar familiares y vecinos de los primeros. Pero, gracias a la vida, la cuestión es así y no hay otra. Es el recorrido que dará como resultado a un/a músicx. Y es parte del engranaje que requiere toda agrupación para comenzar a congeniar y diagramar lo que más tarde devendrá en música. Es un paso a paso que resulta largo, tedioso, donde en el medio conviven esfuerzos que llegan a frustraciones o grandes satisfacciones. Esto último no es una opinión, sino que es parte de lo que reflexionó Luis Fuster, guitarrista que lleva años tocando como sesionista y que ahora vuelve a marcar agenda tras editar su nuevo material.

Desde el vamos uno puede pensar que una charla en profundidad con él girará en cuestiones técnicas, marcas de guitarras, amplificadores y músicos equipados hasta los dientes para la ejecución de cada armonía o melodía. Pero no. Fuster rompe con ese modelo cartesiano que rodea a los músicos de sesión. Y no solo en lo personal sino en quienes colaboraron para llevar adelante este proyecto. Allí figuran nombres fuertes como el guitarrista-productor Palmo Adario, hombre clave en la grabación, Coco Maskivker y Leonel Lúquez  en teclados, Álvaro Manzanero en batería  y el bajo de Tutu Rufus.  A ellos se sumaron invitados de lujo como Andrés Ludmer, gran guitarrista de Jazz fusión, Claudio Cardone (histórico tecladista de Spinetta), Jazmín Rivarola y Melina Montalto en voces, el saxofonista Roberto Ceballos y la flauta de Javier Valderrama.

Luis resalta desde el principio que en esta experiencia, su relación con los estados de ánimos fue clave; el leitmotiv del disco. Al tener como productor a Adario, que es uno de los máximos conocedores en cuestiones de grabación así como un extraordinario guitarrista,  la principal anécdota fue el pedido recurrente de volver a regrabar tomas que se consideraban bien ejecutadas. “Pero él, con solo escuchar, podía sentir que a esa canción le faltaba emoción. Me decía que tocaba muy tenso o que no tenía vibración. Era impresionante, en el momento no lo veía, pero sobre el final entendí lo que me decía”. Grabar un disco tiene eso: hacer una y mil veces la misma toma, tocar cien veces el mismo riff, solo o acorde. Bajo presión o no, desgasta hasta al más profesional. La mano invisible del productor es fundamental. Una ventaja con la que corrió: grabó en su mini- estudio casero y en el de Palmo, con quien carga una amistad de años. “Se hace todo cuesta arriba cuando tocas bajo la mirada de tus compañeros, a contra reloj porque  pagaste por determinada cantidad de tiempo”. Un viejo problema que muchos músicos pueden dar fe. Quizás por eso la autogestión  repuntó para esquivar esta cuestión que incide, y mucho, en la cuestión artística.

En el imaginario de uno -al menos para este cronista- entrar en la intimidad de un músico sesionista es sinónimo de encontrarse con un estudio cargado de guitarras, pedales y amplificadores de todos los gustos y tamaños. Luis vuelve a dar la nota: con un Amplificador Zappy (la línea que fabrica Facundo Nardone y que en su historial lleva el honor darle sonido al disco póstumo de Spinetta) se las ingenia. “Si veo que el sonido es el que me gusta, voy con ese, no soy un gran estudioso en eso. Con un pedal, un overdrive quizas, conecto al equipo y arranco, no tengo mucha historia”. Lo mismo con las guitarras, solo dos: una DTM y una Strato, ambas retocadas por algún luthier amigo. Palo y a la bolsa. “Hacia mí” tiene esa simpleza de la que tanto habla Fuster. Dentro del virtuosismo y el talento se encuentra esa cuota de sencillez traducida en las emociones que su productor le pidió. “Cada tema representa una imagen que tengo dentro de mi cabeza”, explica en relación a componer canciones instrumentales. Además fueron pensadas para que cada invitado pueda sentirse cómodo y libre de interpretar lo que las melodías y armonías le produjeran.

– Venís tocando hace muchísimo tiempo, tenes experiencia de tocar en escenarios con gente muy profesional. ¿Cómo surge la idea del disco después de tanto camino recorrido?

Mi idea fue armar una especie de campo de juego: poner a los jugadores en su lugar, convocar a gente que hace mucho tiempo que conozco, músicos y amigos. Los quise reunir porque los temas los compuse un poco para cada uno de ellos. Le propuse esa idea a Palmo y le gustó. Yo tenía 20 maquetas de las cuales quedaron solo diez. Y empezamos a laburar sobre eso, por ejemplo, contactamos a Jota (Morelli), sabiendo que se la pasa girando, lo llamamos un día que sabíamos iba a estar y lo encerramos en el estudio. Hicimos lo mismo con el resto de los músicos.

– ¿Cómo se hace para componer así? ¿Cómo sale de tu cabeza componer una canción instrumental pensada para que otros aporten lo suyo?

Mencionaste algo interesante relacionado a los estados de ánimos: al ser música instrumental se me vienen imágenes a la mente: situaciones, momentos,  el amor que siempre está presente y es el que más imágenes aporta (risas). Concepciones que tenés de la vida, recuerdos que, generalmente,  bajan después de las 12 de la noche. Es tremenda la noche (risas). Me llegan melodías, ideas y lo que hago es grabar todo. Así es como voy alimentando ese campo que mencioné anteriormente. Luego elijo, no por lo que es mejor, sino lo que me parece que representa esa imagen que tengo en mente. Creo que lo logré, por lo menos yo lo siento así.

– Entonces cada título de las canciones remiten a eso. Hasta en esos detalles estuviste.

Totalmente. Los músicos venían más por lo musical. Palmo me ayudó a interpretar sobre qué músico podía tocar mejor esa melodía o lo que fuese. Ahí lo fuimos armando.

– Cualquiera no lo podría haber tocado entonces, en el buen sentido.

Pienso que músicos buenos hay por todos lados pero lo que pasó en este caso es que yo quería que además sean amigos para poder entablar una conexión. Los que grabaron estaban conectados con el tema. Y terminábamos todos conectados, dejando como resultado una energía positiva. Palmo a veces me pedía que repita otra toma y yo le discutía de que estaba bien, y me decía que sí, está bien, pero vos la podes tocar con más emoción: Tocála bien y transmitile algo más que vos podes transmitir más. Cuesta entrar en ese estado. Ahora, una vez que entraste, evidentemente sale mejor. Eso es algo que solo lo aprendés en una grabación y más en esta experiencia que tuve la suerte de tener.

– Entonces por lo que decís ¿es un disco solista o de una banda?

(Pensando) Es difícil responder, en realidad es mi disco solista. Yo he grabado con otros compañeros. Sería como un disco solista pero la idea tampoco es de banda pero porque hay invitados. Yo quise hacer una matriz donde cada uno pueda expresar lo que mejor hace. Generar un lugar donde el músico, el invitado, pueda hacer su base mediante un solo o un arreglo. Si bien los temas estaban armados, les di total libertad para que hagan lo que sentían necesario. Esa es la ventaja de hacer música instrumental. A mí no me salen las canciones cantadas, no escribo ni canto, me salen melodías instrumentales. En este caso, la intervención de la voz (de Jazmín Rivarola) es muy corta pero quedó lindo. Le dio un color.

– ¿Las composiciones nacen desde la guitarra y vas imaginando cómo enganchar con otros instrumentos? Imagino no es un trabajo fácil, más si se trata de comunicar imágenes desde un solo de guitarra o alguna armonía.

Hago todo desde la guitarra. Primero hago la base, después la melodía y finalmente los arreglos. Pero, por ejemplo, Claudio (Cardone), en “Amor Virtual”, hizo trabajo hermoso. Le dije que haga lo que sienta e hizo unos arreglos alucinantes. Y así hubo otras intervenciones que consideramos que estaban buenas y las dejamos.

– ¿Qué es lo que más rescatás de esta experiencia?

Para mí fue una escuela en el sentido de que fue un aprendizaje porque cuando nos planteamos hacerlo Palmo me preguntó, “¿Querés un nivel sencillo o profesional?”. Fui por lo profesional, con una vara alta y tratamos de hacer lo mejor posible. Eso requirió todos estos detalles, no solo para tocarlo sino para poder transmitir esa emoción que estábamos haciendo. Después en la mezcla le dedicamos un montón de tiempo, más de doscientas escuchas a cada tema. Se hizo un trabajo ultra fino. Por ahí descubríamos que la afinación estaba corrida y volvíamos a grabar, o que el sonido de la viola quedaba menos tenso con otro instrumento, o yo necesitaba relajar un poco las manos, y así. Un arduo trabajo.

– ¿Cuál es la ventaja y desventaja de trabajar así, en los ínfimos detalles?

La ventaja es que quedás realmente satisfecho y decís “hice lo mejor que pude”. Independientemente del resultado que tenga. La  sensación de que hiciste las cosas bien. Después si lo escuchan sólo tus amigos, no me importa. Vos hiciste bien el laburo y le pusimos todas las pilas. El tiempo necesario, la dedicación, todos los detalles.

– Luego de grabar un disco, con todo lo que eso implica, tenés muchas ganas de presentarlo e incluso sentís que estás más preparado.  En este caso, luego de dos años ¿cómo vivís los momentos previos al armado del show?

A full, por momentos muy agotador (risas). Decí que tengo buenos músicos, que llegan al ensayo con todos los temas sabidos, los tocamos un par de veces y nos vamos directo al escenario. Ellos me ayudaron mucho. Una pena que no pueda venir el Jota Morelli, justo le salió una fecha. Pero en su reemplazo viene otro animal que es Álvaro Manzanero. Yo estoy con el sonido viendo si falta algo o hay que aportar algo. Queremos que salga bien, independientemente de la cantidad de gente que vaya. Ojala lo podamos replicar en otros bares o lugares.

– Nunca se te dio por salir a buscar lugares para tocar, ya sea figurar en la agenda o auto-gestionarse un show propio. ¿Qué es lo que pasó ahí?

No me gusta esa tarea, soy medio vago ahí (risas). Yo soy muy sencillo. Así como agarro la guitarra, conecto un pedal al equipo, enchufo y si suena bien, ya está. No estoy ocho horas estudiando. Lo mismo me sucede con los shows. Por mi parte lo único que me preocupa es que todos los músicos cobren por su laburo y chau, si yo pierdo no me importa. Solo me interesa tocar. Encima no existen lugares aceptables para tocar, cada vez es más difícil.

Sobre mí

En su historial figuran colaboraciones con personalidades como Fito PáezRubén GoldínFabián GallardoG11 (selección de guitarristas rosarinxs), entre otros. Un EP que circula en Youtube junto a Palmo Adario, junto a la cantante Jazmín Rivarola Demarchi y el proyecto  “3 + 1 Jazz-Rock Dominó”, un lúcido trabajo donde, entre otros, participa Guillermo Vadalá aportando los graves.
Saltando rápidamente hacía el pasado, la formación data desde muy joven en escuelas y profesores particulares. “Es muy importante encontrarte alguien que te motive a aprender, sino la frustración aparece en seguida” apunta Fuster, que entre otros maestros, tuvo a  Gustavo Sadofchi (ex guitarrista de Pedro Aznar). Actualmente, cada tanto, viaja a Buenos Aires para estudiar  blues y jazz de la mano de Rafael Nasta. Fuster asegura que es mitad autodidacta y aprendiz. Además, sostiene que es importante tener algún estudio hecho ya que “te da recursos para salir del apuro”. Con respecto a la escuela de integrar una banda resaltó “que aprendes mucho cuando te das cuenta que tenes que escuchar a tus compañeros más que a vos mismo. Cuando logras eso, la banda se consolida y no te importa si resaltás más que el resto. Muchos se pelean por figurar y se olvidan de la base, es algo que las escuelas deberían enseñar”.
Admirador de guitarristas como Larry Carlton, Frank Gambale y Andy Timmons, también se fascina con el blues y el funk. Aquello de que para tocar blues hay que hacer con sentimientos, a Fuster la camiseta le queda perfecta. Por más estudios que tenga, a la hora de expresarse dentro de esos tres tonos, el guitarrista realmente te atrapa desde las seis cuerdas. Para el futuro planea grabar algo más rockero con más funk y blues.
En los 80s y 90s integró Ciertamente Roma banda pop que llegó a girar por todos lados, sonar en las radios y vender discos, experiencia que puede llegar a sonar irreal. Eran los tiempos de Mortadela RanciaPunto GIdenti-kitGraffiti, entre otros combos rosarinos. Fuster recuerda con mucha honra esos tiempos en donde se desempeñó dentro de una banda, en el sentido clásico de la palabra.
Colegas tuyos sostienen que el mejor aprendizaje se da cuando integras una banda. ¿Extrañas eso tiempos que viviste con Certamente Roma? ¿Qué es lo que rescatas de esa experiencia siendo que, prácticamente, nunca más integraste una banda?

Ahí me quedó algo que suena como una pavada pero es fundamental. La mayoría de las bandas no se escuchan entre sí. Cada uno toca lo que tiene que tocar pero no escucha al compañero. No se escucha el bombo, el bajo, dónde va cada cosa. Hay que formar ese engranaje general que es lo que hace que las bandas suenen bien, que suenen ajustadas, como se suele decir. Ahí fue como mi primera vuelta de tuerca.Cuando conocí a Palmo empecé a entender cómo era la mano. Hicimos seis temas que están en YouTube. Pero esos cinco o seis años que giré con él fue mi mejor escuela. Me refrescó, me marcó todo lo que te estoy diciendo. Ahí notas una gran diferencia. Es otra forma de tocar. Sino, todos tocamos al máximo y no pasa nada.  Empieza otra historia cuando los músicos se escuchan. Hay que difundir esta idea, estaría bueno que las escuelas de música enseñen eso porque no es solamente aprender a tocar escalas o acordes, es poder engranar todo en un conjunto. Sobre todo porque lo rítmico es el cincuenta por ciento, o más, de una canción.
Es común observar lo que Fuster destaca. El conocimiento muchas veces está pero cuesta encontrarlo funcionando dentro en una banda o por fuera de agrupaciones que se dedican a los covers. Quien presenció alguna vez una zapada de blues o del estilo que sea puede notar eso: no se respetan los volúmenes, la extensión de los solos se tornan densos y no hay coordinaciones. Por momentos no hay cruce de miradas. Algo a corregir y el que publico también deberá aprender a exigir. Que las bandas intenten llegar a este respeto antes de salir a tocar y realmente cautiven a la audiencia. Hay bandas que lo logran. Esto evita, por ejemplo, que el público se distraiga y empiece a dialogar entre sí olvidándose de ellos. Antes de contar los “Me gusta” digitales es mejor estar seguro de que las composiciones están realmente maduras y listas para ser mostradas. “Madurar musicalmente es cuando te copas en algo que suena bien y no solamente cuando te ponen de solista porque puede ser muy lindo tu solo, pero lo que estaba abajo está todo mal y el oyente no entiende nada. Te copaste vos solo. En cambio cuando tenés otra percepción, te podes copar con una base solamente” explica el guitarrista.
– ¿Y tú relación dentro de una banda? ¿Qué pasó allí? ¿No te dan ganas de volver a formar algo como lo de Certamente Roma?

Las bandas son como las parejas o los matrimonios. Sé el alto grado de fracaso que tienen y es muy doloroso. Siete de cada diez fracasan, es terrible. Es por una cuestión de ego. Uno quiere sobresalir, otro que no le dan bola, etcétera. Me pasó. Y volver a empezar es muy difícil. Encontrar músicos de nuevo, que haya onda, gente que vibre con vos, que pueda ensayar, que le guste lo mismo, es una locura y no es fácil. Lo mejor que encontré fue, si se me ocurre una canción, buscar a la gente y grabar. Después vemos, capaz lo hacemos diez veces y hacemos un tema. Capaz a los dos meses lo hacemos de nuevo. Pero no se genera eso de “la banda” aquello de juntar a la gente en una sala de ensayo.

– Por eso  se valora tanto cuando una banda cumple diez o más  años de trayectoria como Vudú, Vándalos o Cielo Razzo.

Una banda que admiro y reconozco mucho es a Vudú. Soy amigo del Willy (Echarte) y le dije esto que mencionamos y coincide. Ellos han generado una forma de laburo que no tienen ese problema. Pero es parte de una minoría. En bandas donde son muchos músicos, Cielo, Vándalos, ahí se generan liderazgos donde uno que indica una forma  de laburo y van a todos detrás de eso. Se generan estos lugares naturales y se está en paz.

Leyendas y Escuelas

Cuando uno escucha  a tipos como Luis SalinasClaudio Marciello o David Lebon decir que nunca estudiaron guitarra y que aprendieron tocando desde los discos o escuchas aisladas de alguna radio AM, cuesta creer que semejante talento haya caído del cielo a la cabeza de estos maestros de las seis cuerdas. Algunos estudiosos desconfían de estas declaraciones e estipulan con que algo de estudio debió existir.
¿Existe el guitarrista ciento por ciento autodidacta o hay algo de estudio detrás de ellos? ¿Cómo te llevas con esta cuestión?

Sí, yo les creo cuando dicen eso. Evidentemente tienen una información que le baja vaya a saber uno de adónde, pero tienen un talento bárbaro. Yo soy una mezcla entre estudiante y autodidacta. Aprendí mucho mirando. Hoy con Internet puede ser más fácil. La ventaja que tiene estudiar es que te da recursos, si vos no tenés ese talento natural que no sabemos de dónde viene, el estudio te ayuda, te hace ir más rápido, te abre una biblioteca dónde sacar información. Si te interesa lo clásico hay escuelas y universidades. Ahora si te gusta el Jazz fusión, es más difícil, tenés que salir a buscar docentes. Acá lo tenemos a Andrés Ludmer que es un genio, de los más grandes a nivel nacional. Él estudió pero luego se reinventó él mismo. Bueno, entonces creo que hay un poco de todo.

– ¿A los que recién comienzan que le aconsejarías?

Que estudien. Nunca está demás e incluso vas a ir un poco más rápido. Después es como todo: tenés que tener tiempo, dedicación, paciencia y mucha voluntad. Yo tuve la suerte tener buenos profesores. Esa es otra clave también, que el docente sea un motivador, que estimule a los alumnos. Es muy importante eso. 

– ¿Cómo te definirías como guitarrista de acuerdo a tu propios conocimientos?

Es difícil. Es una fusión entre mezcla de blues, jazz y funk. Ponelo en el orden que quieras. Jazz moderno estudié lo clásico pero no tengo nada de eso. Me gusta la fusión del jazz con el blues, la del jazz con el rock, y el rock me encanta también. El blues me fascina. Actualmente estoy estudiando con Rafael Nasta, en Buenos Aires, un perfeccionamiento. Toca blues pero con Jazz. En realidad es un guitarrista de jazz que toca blues. A mí me gusta todo ese mundo. Es una mezcla. Me encantan las baladas. Fijate que el disco la mitad son canciones y el resto son medio funk, rock, frases jazzeras pero tocadas con guitarras con over drive, no hay guitarras con sonido limpio. Los temas, armónicamente, no son complicados. Sobre esa base, vos le pones algo un poco más complejo y le da un color especial. No hay acordes aumentados, disminuidos, complejos.

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Una ventana abierta hacia un lenguaje diferente (El Litoral)

En 1976, editaron su único disco, que lleva el mismo nombre que el grupo y
que contenía sólo 6 temas. En 2016, a 40 años de su grabación, el sello
BlueArt Records vuelve a reeditarlo en cd por primera vez, con bonus track,
fotos inéditas del trío y una remasterización a partir de las cintas originales.
 
El valor simbólico no sólo es por lo musical sino que este registro se realizó en
dos días -el 24 y 25 de marzo del 76-. El primero de ellos coincide con el golpe
militar que instaló la dictadura en Argentina.
 
Con inminente presencia de la guitarra con acertados arreglos de cuerdas y
vientos, cada tema es una ventana abierta hacia un lenguaje diferente. Así
despliegan ingredientes del jazz, del blues y aproximaciones sinfónicas desde
la mirada del rock.
Abre el registro “Lo obvio según yo”, con cambios de métrica y compases,
resultado de una búsqueda intelectual desde lo compositivo. Un ejemplo similar
fue el grupo Camel y su disco “Lady Fantasy”.
 
Le sigue “Sin nada”, donde el violín solista nos introduce en un ambiente
sinfónico orquestal. Si se quiere hacer un paralelismo o un parentesco, King
Crimson fue uno de los exponentes de este tipo de instrumentación que
buscaba la sofisticación de la música popular.
 
En esta paleta, “La necesidad de amar… a veces”, de base jazzera con una
fuerte intención depositada en los arreglos de los vientos nos remite al ángel de
Miles Davis metiendo sus cadencias y expresiones musicales en este tema.
Los espacios para la improvisación y la base rítmica pareciera que es un grupo
de jazz abordando al rock.
 
En “Algunas maneras de expresarme”, se escucha una guitarra más
“elaborada” a lo Frank Zappa. Los riff y efectos del instrumento líder y el apoyo
en la base nos permite un viaje hacia el hard rock del grupo británico Deep
Purple con su legendario tema “Smoke on the water” (1972).
 
El saxo alto se destaca en el track de más duración del disco “El Final”, tiene su
momento para la improvisación y es el portador de la melodía que también
comparte con el clarinete. El tema más rockero llega al final con el bonus track
“Reminiscencias”, con la guitarra con distorsión al frente a lo Jeff Beck.
 
Este disco nos lleva a la retrospección y a indagar en algunos pasajes
musicales o recursos que hoy ya están consolidados en estilos de grandes
grupos que han hecho historia, pero que en esos años sólo se estaban
gestando. Es una puerta de entrada para conocer muchas vertientes del rock,
un viaje desde Yes y Pink Floyd, hasta Genesis y Led Zeppelin.

Mili López. Revista de El Litoral de Santa Fe, 2017.