Rosario/12

Entrevista con el compositor rosarino Jorge Migoya

Noviembre de 2017

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Noviembre de 2017

Entrevista con el compositor rosarino Jorge Migoya

Con más de cuatro décadas de residencia en Europa, Migoya no pierde el vínculo con Rosario: acaba de editar con Blueart "Cuando el alba", una obra que confirma su inquietud y búsqueda.

 

La reciente edición de Cuando el alba enlaza un nuevo eslabón al fructífero vínculo entre el músico franco-rosarino Jorge Migoya y el sello local BlueArt. Una relación que se inició en 2003 con Otros vientos y que continuó con Casi solo(s) (2007), Aquí me pongo a cantar (2011) y Elefantes (2013). Y que se amplió, además, con la reedición de Síntesis, el disco de jazz-rock que Migoya publicó en la ciudad cuatro décadas atrás, previo a radicarse definitivamente en Europa. Recorrer ese conjunto de obras en perspectiva da la pauta de la multiplicidad de músicas que conviven en Migoya, que en su última obra congenió un formato de trío junto a César Franov (bajo) y Pablo Dawidowicz (batería) para redondear un álbum de raíz jazzera que incorpora pasajes free, de pura improvisación y composición colectiva. Un rasgo que amplía entonces la de por sí amplia gama de géneros que atraviesan a Migoya, que el viernes próximo presentará Cuando el alba en el Centro Cultural Fontanarrosa, en un concierto gratuito que, desde las 21.30, lo encontrará acompañado por Fermín Suárez en contrabajo y Julián Ribero en batería.

Y es una decisión deliberada la de Migoya, que luego de grabar su obra con los experimentados músicos bonaerenses apostó ahora por un cruce generacional que lo entusiasma. "Ellos tocan muy bien. Hay mucha gente joven y talentosa y ya no está más esa diferencia de que en las provincias los músicos tocaban menos que los porteños. Justamente, la mejor manera de corroborar eso es tocar con gente de acá. Además me gusta la mezcla entre músicos viejos y jóvenes, me parece importante, me interesa", admite a Rosario/12, y adelanta: "Para la presentación del disco vamos a tocar las músicas que están escritas y habrá improvisación en el interior de los temas, pero no va a ser una cosa totalmente free, como sucedió en el disco. Podríamos hacerlo, los músicos están capacitados para hacerlo, pero yo estoy haciendo mucho esto en otras partes del mundo. Trabajo mucho en Italia con improvisación, con free jazz, entonces por ahí quiero equilibrar las cosas, no encasillarme".

 

"No sé si voy a buscar qué música nueva voy a hacer, sino cómo voy a romper cosas para que salga algo nuevo".

 

‑ En relación a la aparición del free jazz dentro de Cuando el alba, y pensando este disco en relación a los que has publicado con BlueArt, en cierto modo completa un abanico de todos los Migoya posibles. Hasta aquí, el free jazz no estaba presente en tus discos para el sello.

‑ Sí, el free jazz no estaba. Y puede ser lo que decís. Lo que espero es que también me descubra a mí mismo haciendo otras cosas. Ese es el dilema eterno del músico, cómo seguir renovándose sin repetirse, sin tocar lo que ya sabés tocar. Inclusive en el free jazz hay códigos establecidos. Entonces podemos caer en la trampa de decir que el free jazz es libre, pero no, porque ya tiene códigos. Como la música contemporánea, que tiene sus códigos, que ya se escribe. Hay que tratar de buscar, no sé si nuevos códigos, pero sí maneras de eludirlos. No creo que el free jazz sea la extrema libertad, como parece. Entonces no busco eso para irme a otro lado, sino que es otro estilo de música. Y el problema es ver qué voy a hacer en un próximo disco, qué es lo que me motiva a seguir tocando. Y compartir, porque la cosa es compartir: hacer free jazz en tu pieza, hacer metal en tu pieza, no sirve. Lo importante es poder compartir. El free jazz, como la música contemporánea, son difíciles de compartir, pero por ejemplo la otra vez tocamos en un festival de Italia, frente a un público más clásico, y quedó encantado con las músicas que tocamos, cosas muy libres. El público se adaptó, y eso es lo importante, que haya un eco. Para mí es fundamental ver cómo llegar al otro.

‑ En ese sentido, ¿qué músicas van apareciendo? ¿Cuáles imaginás que te permitirían romper con los códigos y, en paralelo, llegar al público?

‑ La composición, la orquestación, ayudan. Si un tema en el piano lo transporto a la guitarra, a una trompeta, ya es otra cosa. La orquestación tiene mucho que ver. Ahora estamos viendo con BlueArt si editamos el concierto de piano solo que hice el año pasado en el Espacio Cultural Universitario. Ese concierto ya es distinto a lo que vengo haciendo hasta ahora, porque el piano me llevó a otros rumbos. La instrumentación, la formación (de trío, en cuarteto, con una big band) son cosas a explorar. Creo que es fundamental buscar siempre, ver qué es lo que puedo hacer para romper esquemas. En un mundo totalmente esquematizado, donde salvo ejemplos muy raros la radio está esquematizada, y de la tele ni hablemos porque es un desastre (y no hablo sólo de Argentina, en el mundo hay una mediocridad terrible), hay que romper eso. No podemos estar haciendo lo que ya se hizo. Estoy en esa onda, que es la mía: hay que romper esa cosa que nos encierra, buscar la libertad. Pero no sólo la del músico: la libertad del periodista, del carnicero. La libertad que llega rompiendo esquemas. Esa es la motivación creativa. No sé si voy a buscar qué música nueva hacer, sino cómo voy a romper cosas para que salga algo nuevo. En definitiva, no creamos nada nuevo, lo único es salir de lo que está estipulado, de lo que nos imponen. Estamos impuestos por un montón de cosas que nos rodean, hay que ver cómo salir de eso, que es lo que me permite ir a hacer otra música.

 

 

‑ Aquí es clave lo que mencionaste respecto a no perder la percepción de que esas músicas puedan llegar a alguien. Porque también podrías darle forma a músicas sólo comprensibles para unos pocos...

‑ Que no sirven para nada. No tienen sentido. Con la música clásica pasó que se transformó en una música burguesa, donde gente que a lo mejor no entiende nada de música se viste bien, se pone sus joyas y va al teatro. Pero no entienden nada de Beethoven, nunca escucharon la música de otra manera que por la forma de vestirse y sentarse en un teatro. Pero podés escuchar a Mozart desnudo en tu cama y es tan erótico como escuchar, no sé... a Shakira. Mozart puede ser tan sensual como Shakira, pero si lo metés en un teatro, con gente que se viste de una determinada manera, la música ya tiene una distancia terrible. A la música clásica la encerraron.

‑ Hay ahí una apropiación de parte de una elite que busca que esas músicas no puedan ser disfrutadas por otros.

‑ Seguro, y es un error total. Inclusive hay gente como Miguel Angel Estrella que iba a tocar a lugares exóticos con su piano arriba de un camión, para hacer participar a gente que nunca había escuchado eso.

 

"El dilema eterno del músico es cómo seguir renovándose sin repetirse, sin tocar lo que ya sabés tocar".

 

‑ En la última visita de Estrella a Rosario, él recordaba que cuando estuvo detenido y fue torturado en dictadura un oficial militar le reprochaba, precisamente, que él llevaba la música clásica "a los negros". "Esa música es nuestra", le gritaba el represor.

‑ Un delirio total... Todo ese tipo de clases sociales continúan. Hay cierta gente que cree que porque viste bien, o tiene plata para ir a conciertos muy caros, sabe de música. Pero a lo mejor sabe menos que un tipo que nunca escuchó nada. A lo mejor agarrás a un tipo que está en la selva amazónica, le hacés escuchar Beethoven y lo considera genial. No hay que olvidarse de eso. El otro día, después del concierto que hice en el Rosedal de Rosario, un pibe joven se me acercó y me dijo que le había encantado lo que hicimos. Y me dijo: "Esta no es para nada la música que escucho, a mí me gusta la música romántica". Lo que pasa es que cuando te encierran en un lado, escuchás sólo una música. Pero es posible romper eso.

‑ En el jazz, al igual que con la música clásica, hay sectores que pretenden apropiarse del género, que en realidad tiene un origen popular.

‑ Exactamente. Lo mismo pasa con el tango, que es una caricatura de sí mismo. Y el jazz comienza a transformarse en una caricatura de sí mismo. Pero eso pasa aquí, te das cuenta que hay una especie de mito, una escuela de jazz, donde tocan los ancianos, una cosa rígida. Pero en Estados Unidos no es así. Pensá en Miles Davis, que tuvo muchos detractores cuando se fue a hacer jazz rock., que estuvo siempre en la búsqueda de algo nuevo. Hay tipos como Davis, o como Zappa en el rock, que es un género que también está muy formateado. Hay músicas que se transforman en caricaturas de sí mismas y aparece la gente que "sabe" escuchar determinada música, es absurdo. La única manera de combatir eso es romper los esquemas.